¿Sos padre? Tal vez sí. Tal vez no. Pero de una u otra manera, la sombra de este día nos cobija a todos bajo el mismo techo. Porque si no cargás con el peso bendito de ese título, seguro guardás en la memoria el eco de un hermano, de un amigo, o de ese hombre que un buen día, con los ojos fijos en el horizonte y las manos curtidas por el cansancio, pronunció la oración más antigua y sagrada del mundo:
“Lo hago por mis hijos.”
Y es que en ese breve soplido de cinco palabras se esconde un universo entero.
Hay un quiebre invisible, un instante exacto en el que el hombre descubre que su sangre continuará el viaje. En ese segundo —sea la primera o la enésima vez— el eje del planeta se desplaza. El egoísmo se desarma. El mundo deja de girar alrededor del espejo para mirar hacia la cuna. Desde entonces, los miedos cambian de forma, las batallas cotidianas cobran un sentido épico y cada sacrificio deja de ser una carga para convertirse en un puente. Cada esfuerzo tiene, por fin, un rostro y un nombre.
Ser padre es una inversión a fondo perdido para la lógica humana, porque el amor que nace en ese refugio no entiende de contabilidades ni de medidas. Es una devoción que se traduce en silencios compartidos, en desvelos que la noche oculta y en pequeñas lealtades diarias que casi nunca buscan el aplauso.
Por eso, cuando llega este domingo, el festejo real viaja por canales subterráneos. Los padres no celebran el brindis, ni el calor del asado, ni los saludos protocolares en una pantalla. Celebran el milagro más simple y profundo: que vos estás ahí.
Festejan tu sola existencia. Se conmueven con tu risa, se inflan de orgullo con tus victorias y, en secreto, sostienen el aire cuando te ven tropezar, listos para amortiguar la caída. Para un padre, la verdadera recompensa no es el homenaje, sino constatar que sus hijos caminan, libres y firmes, por la vida.
Hoy es el día de acortar las distancias. Abrazá con la fuerza de los años acumulados. Decí lo que la rutina suele callar. Regalá el único tesoro inestimable: tu tiempo, una mirada limpia, una palabra suspendida en el aire. Porque al final de la jornada, vos sos la razón de toda esta arquitectura. Sin hijos, el Día del Padre sería un calendario vacío. En cada abrazo de hoy, se renueva el pacto ciego por el cual un hombre decide entregar su vida a la construcción de la tuya.
Que el viento de este día nos encuentre reconociendo ese amor inmenso, a veces invisible y tantas veces silencioso, que nos cuida la espalda incluso cuando olvidamos nombrarlo.
Feliz Día del Padre.
Les desea EldoStream.
Alejandro Duarte

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