24 de julio de 2026

RETAMOZO: EL APELLIDO QUE CARGA PODER, IMPUNIDAD Y DOLOR

 

Las hojas de los árboles siguen cayendo. La lluvia continúa golpeando la tierra como si intentara borrar aquello que nunca podrá ser lavado. Los días avanzan inexorables y, a casi quince días de la tragedia que sacudió a dos comunidades, el silencio pesa cada vez más. Mientras el tiempo corre, las preguntas se multiplican y se vuelven más profundas. Lo preocupante es que las respuestas parecen provenir, una vez más, de quienes durante años han estado acostumbrados a vulnerar derechos y a caminar bajo el amparo del poder.

El dolor de una familia que perdió a un hijo es incuestionable. No existe palabra capaz de aliviar semejante vacío ni abrazo que pueda llenar esa ausencia. Pero también existe otra familia que vive un sufrimiento distinto, aunque igualmente desgarrador: el de ver a un hijo detenido, privado de su libertad, sin una condena firme y mientras crecen las dudas sobre si el proceso judicial está respetando las garantías que corresponden a cualquier ciudadano.

Juristas ajenos a la causa, pero con autoridad para opinar, han advertido que podrían existir serias irregularidades en el procedimiento. Si eso fuera cierto, la discusión deja de ser únicamente un expediente judicial para transformarse en un problema mucho más profundo: el de una Justicia que no puede permitirse actuar bajo la presión del poder ni de los apellidos influyentes.

Porque ninguna muerte será reparada con otra tragedia. Ningún encarcelamiento devolverá una vida perdida. Ningún joven que logró salir de terapia intensiva borrará el horror de aquella jornada. La verdadera respuesta no está solamente en castigar, sino en preguntarse por qué ocurrió lo que ocurrió y qué falló para que una tragedia de semejante magnitud pudiera suceder.

Hoy hay una familia que llora frente a una tumba y otra que llora frente a las rejas de un calabozo. Unos viven con el peso insoportable de la ausencia definitiva; otros, con la incertidumbre diaria de no saber qué destino le espera a un hijo cuya culpabilidad todavía debe ser demostrada.

Entre ambos dolores aparece un apellido que, para muchos, simboliza una combinación peligrosa: poder, impunidad y sufrimiento. Un apellido que vuelve a instalar el temor de que la Justicia no actúe guiada por la verdad, sino por intereses, influencias o presiones que poco tienen que ver con el derecho.

Si la Justicia decide actuar para satisfacer un capricho, no devolverá la vida que se perdió ni aliviará el dolor de ninguna familia. Solo conseguirá sumar otra herida a una tragedia que ya destruyó demasiadas vidas.

Porque cuando el poder pesa más que la ley, la Justicia deja de ser Justicia. Y cuando un apellido parece imponerse sobre las instituciones, el verdadero condenado termina siendo todo un pueblo, que vuelve a preguntarse si alguna vez la verdad podrá imponerse sobre la impunidad.

ALEJANDRO DUARTE