9 de agosto de 2026

150 FEMICIDIOS DESPUÉS, LA ESTADÍSTICA YA NO ALCANZA: ¿HASTA CUÁNDO?

 

El 150 debería ser un número capaz de detenernos. Debería provocar bronca, preocupación, vergüenza e indignación. Pero lamentablemente corre el riesgo de convertirse en una cifra más dentro de una estadística que crece mientras las respuestas parecen llegar siempre después de la tragedia.

150 femicidios en Argentina entre el 1 de enero y los primeros días de agosto. Ciento cincuenta mujeres asesinadas. Ciento cincuenta historias interrumpidas. Ciento cincuenta familias atravesadas por un dolor que ningún número puede explicar.

Y este sábado, Eldorado vuelve a recibir una noticia que duele y que indigna: una joven oriunda de nuestra ciudad murió en Luján luego de sufrir heridas mortales presuntamente provocadas por su pareja.

Otra vez una mujer.

Otra vez una pareja.

Otra vez la violencia.

Otra vez una familia destrozada.

Otra vez una comunidad preguntándose cómo pudo suceder.

Y otra vez nosotros contando.

Porque pareciera que nos estamos convirtiendo en expertos en contar víctimas, pero seguimos siendo tremendamente deficientes a la hora de evitar que esas víctimas existan.

Los datos deberían gritarnos en la cara.

Según las cifras mencionadas del Observatorio MuMaLá, un femicidio ocurre aproximadamente cada 33 horas en Argentina. Repitamos ese número: cada 33 horas.

Mientras algunos discuten estadísticas, discursos y posicionamientos, una mujer puede estar siendo asesinada.

El dato más brutal tampoco puede pasar inadvertido: alrededor del 60% de los crímenes fueron cometidos por parejas o exparejas, e incluso por integrantes del círculo familiar.

Entonces la pregunta se vuelve todavía más incómoda:

¿Cuántas veces el peligro está dentro de la propia casa?

Más del 65% de los casos ocurrirían en el lugar de residencia común. El espacio que debería representar protección, tranquilidad y seguridad puede convertirse, para muchas mujeres, en el escenario de su propia muerte.

¿Estamos mirando hacia otro lado?

¿Estamos naturalizando señales que deberían encender todas las alarmas?

¿Estamos esperando que aparezca un cadáver para reaccionar?

Y hay otro número que duele todavía más: apenas entre el 9% y el 15% de las víctimas habrían denunciado previamente a su agresor.

Si esa cifra es correcta, significa que la enorme mayoría no llegó a denunciar.

Y ahí también tenemos que mirarnos como sociedad.

Porque denunciar no siempre es sencillo. Hay miedo. Hay dependencia económica. Hay amenazas. Hay hijos. Hay aislamiento. Hay instituciones que muchas veces parecen lejanas. Hay mujeres que sienten que nadie las va a proteger.

Por eso no alcanza con decirles simplemente “denunciá”.

Hay que garantizarles que, cuando denuncien, alguien va a estar ahí.

Que van a ser escuchadas.

Que van a ser protegidas.

Que el agresor no va a seguir teniendo acceso a ellas como si nada hubiera ocurrido.

Porque después de cada femicidio aparecen las condolencias, los comunicados, las publicaciones en redes sociales y las frases políticamente correctas.

Pero las estadísticas siguen creciendo.

150.

Ese número debería avergonzarnos.

33 horas.

Ese número debería desesperarnos.

60%.

Ese número debería obligarnos a mirar de frente el problema.

65%.

Ese porcentaje debería hacernos preguntar qué está ocurriendo dentro de nuestros propios hogares.

9% al 15%.

Ese rango debería obligarnos a preguntarnos por qué tantas mujeres no llegan a pedir ayuda o por qué, cuando lo hacen, muchas veces la protección no alcanza.

No podemos permitir que los femicidios se transformen en una sección más de las noticias.

No podemos acostumbrarnos a leer: “una mujer fue asesinada por su pareja” y pasar a la siguiente noticia.

NO SON NÚMEROS. SON VIDAS.

El problema ya no admite más indiferencia, más discursos vacíos ni respuestas que llegan cuando ya es demasiado tarde.

Porque detrás del 150 hay 150 mujeres que ya no están.

Y detrás de cada una hay una familia que tendrá que aprender a vivir con una ausencia que nunca debió existir.

La bronca no alcanza.

La indignación tampoco.

Pero quizás sirvan para dejar de mirar hacia otro lado.

Porque mientras discutimos, mientras analizamos y mientras seguimos haciendo estadísticas, el contador continúa corriendo.

Y frente a otro femicidio, otra familia destruida y otra vida arrancada violentamente, queda una pregunta que no podemos seguir postergando:

¿HASTA CUÁNDO?

ALEJANDRO DUARTE