Asunción del Paraguay fue el escenario de la vuelta de la Copa Sudamericana entre Recoleta y Boca. Y sí, increíblemente, esta vez Boca decidió cambiar el libreto: en lugar de arrancar perdiendo, sufrir hasta el último minuto y dejar a sus hinchas al borde del infarto, salió a jugar como un equipo que sabía lo que tenía que hacer.
Después del 3-1 conseguido en la ida, la serie llegaba con una buena ventaja, aunque en el mundo Boca eso nunca parece suficiente. Porque si algo aprendió el hincha xeneize en los últimos tiempos es que un partido tranquilo puede transformarse rápidamente en una película de terror.
Pero en Asunción la historia fue diferente.
Boca tomó la iniciativa, manejó el partido y, sin necesidad de hacer una obra maestra, encontró los goles que terminaron de cerrar la historia. El Ruso Ascacíbar, convertido casi inesperadamente en uno de los goleadores del equipo, volvió a aparecer para abrir el marcador y comenzar a ponerle candado a una serie que ya venía encaminada.

Y cuando parecía que faltaba solamente ponerle la firma, apareció Sebastián Villa. El colombiano marcó y festejó frente a su gente, aunque inmediatamente llegaron las disculpas y aquello de que todo había sido “un malentendido”. En Boca, aparentemente, hasta los goles vienen con explicación incluida.
Con la serie prácticamente definida, el segundo tiempo sirvió más para administrar que para arriesgar. Los que venían teniendo pocos minutos tuvieron su oportunidad y Boca entendió que no había necesidad de inventar un drama donde ya no lo había.
El global terminó siendo un contundente 7-1, y esta vez el equipo de azul y oro no necesitó esperar hasta el último suspiro para darle trabajo al corazón de sus hinchas.
Ahora comienza otra historia.
Boca ya mira hacia el torneo local, la Copa Argentina y, sobre todo, los cuartos de final de la Sudamericana. Porque si algo dejó esta clasificación es una cuota de carácter: Recoleta no era precisamente el rival que obligaba a sacar champagne, pero sí consiguió incomodar a Boca en varios pasajes de la serie.
Y eso también hay que reconocerlo.
Boca ganó, clasificó y, lo más llamativo de todo, no asustó a sus propios hinchas.
Por una noche, al menos, el xeneize entendió que para ganar una serie no siempre hace falta sufrir, regalar ventajas y esperar un milagro.
Esta vez Boca jugó, ganó y pasó.
El infarto queda para la próxima.
ALEJANDRO DUARTE

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