El plan era perfecto, casi de manual: salir de la tranquilidad de Bartolomé Bavio, un pueblo donde todos se conocen, para disfrutar de una fiesta criolla en el Torneo de Remonta y Veterinaria en Campo de Mayo. Un viaje familiar, mate de por medio, con el orgullo de ser un destacado montador y tropillero de la región. Pero claro, el destino —y la mecánica automotriz— tenían otros planes en la selva de asfalto porteña.

A la altura del peaje de Parque Avellaneda, en la Autopista Perito Moreno, la imponente camioneta Amarok decidió que era un excelente momento para tener un desperfecto técnico. Con la ingenuidad del hombre de campo que confía en la buena voluntad del prójimo, este hombre de 41 años se bajó a meter mano bajo el capó, acompañado por su hijo de 19. Al fin y al cabo, ¿qué podría salir mal al costado de una autopista?
La “solidaridad” al volante
La respuesta llegó a toda velocidad en forma de una EcoSport blanca. En un abrir y cerrar de ojos, el vehículo embistió violentamente a padre e hijo. Y aquí es donde la ironía de la “civilización” urbana se muestra en todo su esplendor: el conductor de la EcoSport, haciendo gala de una empatía envidiable, ni siquiera se molestó en levantar el pie del acelerador. Siguió su marcha, dejando atrás un tendal de sangre y transformándose en el nuevo prófugo de la justicia. Para qué hacerse cargo, ¿verdad?
Cuando las ambulancias del SAME llegaron al lugar, el escenario era devastador:
El padre: Se encontraba en paro cardiorrespiratorio. A pesar de los desesperados intentos de los médicos, el asfalto fue más fuerte. “No hubo forma de salvarlo”, admitió con crudeza Alberto Crescenti. El hombre que dominaba caballos salvajes terminó perdiendo la vida por culpa de un salvaje al volante.

El hijo: De 19 años, sobrevivió al impacto pero terminó internado de urgencia en el Hospital Piñero con politraumatismos graves. Un debut trágico e inolvidable en la Capital.
“Lamentablemente perdió la vida”, sentenció el titular del SAME.
Hoy, un pueblo de 4.000 habitantes llora a su tropillero, mientras la policía busca un vehículo blanco y a un conductor cuya conciencia, evidentemente, pesa bastante menos que el pedal de su camioneta.
ALEJANDRO DUARTE

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