19 de abril de 2026

JUEGOS DE NIÑOS, PROBLEMAS DE GRANDES

 

Resulta que ahora “TIROTEO” aparece escrito en los baños de las escuelas como si fuera parte del decorado institucional. Un detalle menor, casi una moda, un juego viral de esos que —dicen— nacen solos, como los yuyos. Y claro, la culpa, cómo no, cae automáticamente sobre los adolescentes. Porque es más fácil señalar a los chicos que preguntarse qué está pasando alrededor.

Mientras tanto, en algún rincón del mundo hiperconectado —ese que los adultos no terminan de entender pero tampoco se esfuerzan demasiado en comprender— circulan comunidades que romantizan masacres escolares. Pero tranquilos, que seguro eso no tiene nada que ver.

La escena se repite: audios virales, advertencias que van y vienen, miedo que crece… y adultos que siguen mirando de reojo, como si esto fuera una película ajena. Después aparecen casos donde los alumnos tenían armas, estaban preparados, y ahí sí, sorpresa generalizada. Nadie lo vio venir. Nadie sospechó nada. Todo un misterio.

Entonces vuelve la pregunta incómoda: ¿dónde están los padres?

Una pregunta que incomoda tanto que suele esquivarse con habilidad olímpica. Porque claro, es más sencillo hablar de “la juventud perdida” que revisar cuánto acompañamiento real existe en casa.

Las escuelas, por su parte, hacen lo que pueden: policías en la puerta, controles de mochilas, medidas que parecen sacadas de otro contexto. Todo muy lógico, muy normal. Total, convertir la escuela en una especie de aeropuerto no es para nada alarmante.

Pero no, el problema siguen siendo los chicos. Siempre los chicos.

Porque asumir responsabilidades como adultos implica algo más difícil: involucrarse, prestar atención, poner límites, estar presentes. Y eso, evidentemente, cuesta más que indignarse en redes o compartir un audio alarmista.

Quizás —solo quizás— si los adultos se comportaran como tales, los adolescentes no tendrían que gritar en las paredes lo que nadie está dispuesto a escuchar en voz alta.

Pero bueno, debe ser solo otra moda pasajera. ¿Qué podría salir mal?

ALEJANDRO DUARTE