31 de mayo de 2026

2+2 IGUAL A CERO: EL ABSURDO CRUEL QUE NOS DEJA SIN HIJAS Y SIN ALMA

 

SEGÚN LAS LEYES INMUTABLES DE LA LÓGICA, DOS MÁS DOS SIEMPRE DEBERÍA SER CUATRO. PERO EN ESTA ARGENTINA DOLIENTE Y ENFERMA, LA MATEMÁTICA DEL TERROR NOS DICE QUE DOS MÁS DOS ES IGUAL A CERO. CERO FUTURO. CERO ESPERANZA. CERO EXPLICACIONES. DOS VIDAS JÓVENES, UNA GOLPEANDO EL CORAZÓN DE CÓRDOBA Y OTRA DESGARRANDO LAS ENTRAÑAS DE MISIONES, AMBAS ARREBATADAS, AMBAS BORRADAS DEL MAPA DE LA EXISTENCIA. EL MISMO DESENLACE ATROZ, LA MISMA AGONÍA Y UN DOLOR QUE NO CABE EN EL PECHO DE NINGUNA MADRE, DE NINGÚN PADRE.

¿QUÉ PASÓ?

NUEVAMENTE NOS QUEDAMOS EN COMPLETO ABRAZO CON EL VACÍO, FORMULANDO UNA PREGUNTA QUE REBOTA EN PAREDES DE SILENCIO. NUEVAMENTE NOS SENTAMOS ALREDEDOR DE LA MESA DE LA IMPOTENCIA A DEBATIR SOBRE LAS MISMAS RUINAS. ¿QUÉ PASÓ QUE NO VIMOS? ¿QUÉ DEJAMOS DE HACER? ¿EN QUÉ PARTE DE NUESTRA APATÍA FALLAMOS TAN MISERABLEMENTE?

Lo que para el mundo cínico de los adultos pudo haber parecido una “situación compleja” o un enredo más, terminó empujando a la peor de las decisiones. Una trama siniestra tejida por manos mayores, pero donde el plato roto, ensangrentado y frío, lo termina pagando una criatura. Una nena cuyo mundo apenas estaba despertando, que tenía la vida por delante esperándola… y de un solo golpe maldito, esa espera se terminó para siempre en la oscuridad.

En apenas cuarenta y ocho horas, dos chicas corrieron hacia el mismo abismo. El mismo desenlace, la misma maldita escena, el mismo llanto que quema la garganta. ¡Lo que no puede volver a repetirse es este final de muerte! No podemos seguir siendo espectadores de este velorio continuo.

¿Qué demonios nos está pasando como sociedad?

Argentina se ha convertido en un territorio hostil y macabro donde tener entre 14 y 18 años ya no es la primavera de la vida, sino una zona de riesgo letal, un blanco móvil para la crueldad. En lugar de ser la etapa donde los ojos se abren con asombro para comprender el mundo, es el callejón oscuro donde el mundo les apaga la luz.

¿Será que normalizamos lo malo? ¿Será que nos acostumbramos al horror?

Lamentablemente, la respuesta nos cachetea con un frío, dramático y vergonzoso sí. Nos hemos vuelto inmunes al espanto hasta que nos toca la puerta. Evidentemente, la única opción que nos queda para que el suelo no se siga tragando a nuestras hijas es luchar con las garras que nos queden.

Agostina. Dulce. Dos nombres que en solo 48 horas se transformaron en un grito de guerra y luto. En los últimos cuatro años, la estadística de la muerte ha crecido de forma exponencial, devorando infancias sin piedad. Estas dos jóvenes hoy se suman, desamparadas, a una lista negra que sangra y que no puede, que ¡no debe! seguir creciendo un solo renglón más.

Entonces, ¿qué hacemos?

Hoy solo nos queda arrastrarnos en el fango del sufrimiento y llorar. Llorar hasta que se nos sequen los ojos por el futuro que les robaron. Tal vez mañana, cuando el dolor se convierta en furia, nos toque ponernos de pie y trabajar para destruir esta realidad. Pero hoy, la herida está abierta: esto no nos puede, ni nos debe, seguir pasando ante nuestros ojos ciegos.

ALEJANDRO DUARTE