23 de agosto de 2026

EN EL NOMBRE DEL GAUCHITO: CUANDO LA SALUD MENTAL DEJA DE SER UN GRITO Y SE CONVIERTE EN UNA TRAGEDIA

 

La salud mental atraviesa en la Argentina una crisis que ya no puede esconderse debajo de la alfombra. Mientras los centros de atención se encuentran abarrotados, faltan profesionales, sobran pacientes y conseguir un turno puede convertirse en una verdadera odisea, las respuestas siguen llegando tarde, cuando la tragedia ya golpeó la puerta.

El último y estremecedor episodio ocurrido en Santa Fe vuelve a poner el foco sobre una realidad que incomoda, que duele y que exige respuestas. Una mujer terminó con la vida de su hijo de apenas seis años y, según trascendió, habría manifestado que actuó porque creía que el menor estaba poseído y que el Gauchito Gil se le había aparecido para indicarle que debía matarlo.

No estamos frente a una historia de terror ni frente a un relato para alimentar el morbo. Estamos frente a una tragedia humana de dimensiones enormes.

Todo apunta a que podría tratarse de un grave episodio de salud mental, posiblemente un brote psicótico, algo que deberá ser determinado por los profesionales y por la Justicia. Y si efectivamente existió una alteración severa de sus facultades mentales, el abordaje no puede reducirse simplemente a castigar: también debe existir tratamiento, contención y seguimiento.

Pero hay una pregunta que queda flotando en el aire y que nadie debería esquivar: ¿cuántas señales hubo antes de llegar a este desenlace?

Porque nadie debería creer que una situación de semejante magnitud aparece de la nada. Muchas veces existen señales, cambios de conducta, pedidos de ayuda, episodios previos, advertencias familiares o situaciones que alguien observa y decide minimizar.

Y ahí aparece el verdadero problema.

Los familiares de personas con padecimientos de salud mental vienen reclamando ayuda. Piden profesionales, turnos, acompañamiento y respuestas. Mientras tanto, el sistema parece esperar a que ocurra algo grave para reaccionar.

¿Tenemos que esperar una tragedia para ocuparnos de la salud mental?

Parece que sí. Y eso es justamente lo que no podemos permitir.

No alcanza con hablar de salud mental durante una campaña, publicar una estadística o hacer una conferencia cuando ocurre una tragedia. La salud mental necesita recursos, profesionales, prevención, seguimiento y, fundamentalmente, una política de Estado que no aparezca únicamente después de que alguien muere.

Porque cuando la atención llega después de la tragedia, ya no estamos previniendo. Estamos contando víctimas.

Lo ocurrido con este pequeño de seis años es devastador. Una vida quedó truncada de la manera más cruel y una familia quedó marcada para siempre. Pero también debería obligarnos a mirar más allá del caso puntual.

No se trata de buscar culpables en redes sociales ni de convertir una tragedia en espectáculo. Se trata de preguntarnos como sociedad qué hicimos —o qué dejamos de hacer— antes de que todo terminara de esta manera.

Quizás hubo señales. Quizás alguien las vio. Quizás alguien pidió ayuda y no la recibió. Quizás nadie comprendió la gravedad de lo que estaba ocurriendo.

Y si fue así, ahí está nuestra deuda.

Porque la salud mental no es un lujo. No es una exageración. No es una cuestión de voluntad. Y mucho menos es un juego.

Es una cuestión de vida o muerte.

Hoy fue un niño de seis años. Mañana puede ser otra persona, otra familia y otra tragedia que vuelva a ocupar titulares durante 48 horas, mientras después todo continúa exactamente igual.

Ya no alcanza con mirar hacia otro lado.

Ya no alcanza con esconder la basura debajo de la alfombra.

Es hora de tomar cartas en el asunto, fortalecer la atención, escuchar a las familias y entender que pedir ayuda no puede convertirse en una carrera de obstáculos.

Porque cuando alguien atraviesa una crisis de salud mental, no necesita que la sociedad mire para otro lado.

Necesita que alguien mire, escuche y actúe.

La salud mental no es poca cosa. La salud mental no es un juego. Y cuando dejamos de atenderla, las consecuencias pueden ser irreparables.

ALEJANDRO DUARTE