El peor de los finales, el más desgarrador y temido, se ha convertido en una realidad que quema en el pecho de toda una comunidad. La autopsia ha hablado, destrozando cualquier hálito de esperanza y confirmando la peor de las certezas: Dulce María Beatriz Candia, una adolescente con apenas 17 años y toda una vida por delante, fue víctima de un brutal femicidio. El informe forense ha cerrado la puerta a las dudas para abrir paso a un grito unánime de justicia, dejando al descubierto el espanto de un crimen que arrancó de raíz sus sueños.
Atrás quedaron catorce días de angustia insoportable, de una búsqueda desesperada que movilizó cielo y tierra desde aquella fatídica jornada del 17 de mayo cuando su sonrisa se apagó de los lugares que solía habitar. La dolorosa travesía terminó de la manera más cruel la tarde del pasado jueves, en la penumbra de una construcción abandonada del barrio El Tucán. Allí, donde el silencio se tornó macabro, la policía encontró sus restos, sumergidos en un avanzado estado de descomposición que evidencia el ensañamiento y el abandono al que fue sometida.
El dolor se volvió desgarro absoluto en Posadas, donde la frialdad de una morgue albergó la última y más triste despedida: el reconocimiento de su cuerpo por parte de un familiar directo, un instante de quiebre total donde el luto se grabó a fuego. Eldorado hoy no duerme; llora a una de sus hijas, arrebatada por la violencia más ciega, mientras un vacío inmenso y una exigencia implacable de justicia envuelven a una sociedad herida en lo más profundo de su corazón.
ALEJANDRO DUARTE

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