La mañana de este domingo encontró a Eldorado conmocionada por un trágico siniestro vial que terminó con la vida de dos jóvenes. El dolor es real y merece respeto. Ninguna muerte debería convertirse en motivo de celebración.
Pero el respeto por el duelo no obliga a guardar silencio cuando una tragedia también deja una enseñanza.
Durante demasiado tiempo pareciera que en algunos sectores se vendió una idea bastante curiosa: que existen apellidos capaces de desafiar las reglas, billeteras que funcionan como salvoconductos y privilegios que hacen creer que las consecuencias siempre son para otros.
Es una ilusión peligrosa. Porque la realidad tiene un defecto insoportable para quienes se sienten intocables: nunca distingue entre poderosos y desconocidos.
Las leyes podrán aplicarse mejor o peor. Los controles podrán aparecer tarde o nunca. Los privilegios podrán abrir muchas puertas. Pero hay una puerta que jamás acepta recomendaciones, influencias ni contactos.
La de las consecuencias.
Quizás el mayor fracaso de cualquier familia no sea criar hijos rodeados de comodidades, sino hacerles creer que vivir sin límites es un derecho adquirido. Cuando los “no pasa nada” reemplazan a los “hasta acá llegaste”, el resultado suele ser una peligrosa confusión entre libertad e impunidad.
La soberbia suele ser una pésima consejera. Hace creer que el mundo entero es una propiedad privada y que las normas son apenas una sugerencia para el resto de los mortales.
Hasta que la realidad recuerda que nunca firma excepciones.
Hoy una familia atraviesa un dolor inmenso. Eso merece respeto. Pero también merece reflexión una sociedad que, demasiadas veces, naturaliza los privilegios mientras mira para otro lado.
Porque el poder puede comprar silencio. Puede comprar tiempo. Incluso puede comprar aplausos.
Lo único que jamás pudo comprar fue inmunidad frente a la realidad.
Algunos lo llamarán destino.
Otros hablarán de una tragedia.
Y habrá quienes simplemente recuerden que el karma tiene una costumbre incómoda: puede demorarse, pero rara vez se pierde la cita.
ALEJANDRO DUARTE

Excelente reflexión