La realidad versus “la realidad” sigue siendo tema de debate, pero hay un sector que ya no discute nada: lo vive. Y lo padece. Los adultos mayores, ese grupo etario al que todos dicen cuidar pero que en la práctica parece haberse convertido en una especie de variable de ajuste con carnet.
Todo empezó con la falta de medicamentos —un “detalle menor”, claro— y terminó escalando a un escenario donde, en algunos casos, los médicos directamente optan por no atender a afiliados del PAMI. Una solución bastante eficiente: si no hay atención, tampoco hay reclamos.

La explicación oficial (o al menos la más repetida) apunta a las moratorias y a las jubilaciones sin aportes, como si de repente el sistema hubiera descubierto que durante años sumó beneficiarios… y ahora se sorprendiera por tener que sostenerlos. Una especie de “nadie lo vio venir”.
Mientras tanto, el impacto real cae donde siempre: en los jubilados. Esos mismos que pasaron de tener coberturas del 100% a experimentar el novedoso sistema del 0%. Antes el medicamento era accesible; hoy es casi un lujo. Antes la farmacia era parte de la solución; ahora es otra parada en el recorrido de frustraciones.

Y claro, los tiempos de la vejez no son los de la burocracia. La salud no espera, pero el sistema parece convencido de que sí.
Entonces surge la gran pregunta: si este es el rumbo correcto, ¿en qué momento se decidió que envejecer en Argentina sea un problema logístico? Porque las jubilaciones nunca fueron particularmente generosas, pero al menos existía cierta cobertura que amortiguaba la caída. Hoy, ni eso.
La situación no solo es preocupante. Es, como mínimo, incómodamente evidente. Y lo más llamativo es que, aun así, parece seguir tratándose como si fuera una sorpresa.
ALEJANDRO DUARTE

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