13 de agosto de 2026

ESCUELA 773: CUANDO LA REALIDAD ES MÁS FUERTE QUE EL RELATO

 

La Escuela 773 del barrio San Lorenzo, en Montecarlo, continúa en el centro de una polémica que ya dejó de ser una simple discusión para convertirse en el reflejo de una realidad que duele, indigna y, sobre todo, parece no tener respuestas.

Mientras transcurren los días y la toma por parte de los padres ya lleva alrededor de un centenar de jornadas, las familias siguen reclamando algo que debería ser elemental: que sus hijos puedan estudiar en condiciones dignas y que una obra largamente esperada llegue finalmente a su conclusión.

Del otro lado aparecen las explicaciones. Se asegura que la obra se reanudó, que estaría en su etapa final, que solamente quedarían algunos detalles y que pronto las paredes volverán a llenarse de risas, voces y sueños de los alumnos que llevan demasiado tiempo esperando su nueva escuela.

El problema es que existe un pequeño inconveniente con ese relato: la realidad.

Porque quienes viven en el barrio, quienes participan de la toma y, fundamentalmente, quienes tienen a sus hijos como alumnos de la institución, son también quienes pueden ver diariamente qué ocurre —y qué no ocurre— en ese establecimiento.

Y las imágenes que circulan parecen contar una historia muy diferente.

No se observan trabajadores avanzando sobre la obra. No se ve movimiento que permita afirmar que los trabajos marchan hacia una inminente inauguración. No aparecen cuadrillas colocando ladrillos, tendiendo cables o realizando esas tareas que deberían transformar una estructura abandonada en una escuela lista para recibir a sus alumnos.

Entonces aparece una pregunta inevitable:

¿POR QUÉ SE LES DICE A LOS VECINOS QUE LA OBRA AVANZA SI ELLOS PUEDEN VER TODOS LOS DÍAS QUE NO ES ASÍ?

La indignación no nace solamente de una obra inconclusa. Nace de sentirse ignorados. De escuchar anuncios que chocan de frente contra lo que ocurre detrás de las puertas de la institución. De tener que explicar una y otra vez que sus hijos merecen estudiar dignamente mientras los adultos discuten, prometen, anuncian y vuelven a prometer.

Porque mientras algunos hablan de una obra que estaría por terminar, los docentes siguen haciendo malabares para sostener la educación en un espacio que no fue pensado para reemplazar definitivamente a una escuela.

Y los chicos siguen esperando.

Esperando aulas. Esperando condiciones dignas. Esperando que alguien cumpla.

Detrás de ellos permanece una estructura que alguna vez representó la esperanza de tener un nuevo establecimiento educativo y que hoy se convirtió, para muchas familias, en el símbolo más evidente del abandono, las promesas incumplidas y una burocracia que parece haberse acostumbrado a que el tiempo pase.

La pregunta ya no es solamente cuándo terminarán la obra.

La pregunta es cuánto tiempo más pretenden que esperen los chicos.

Porque una escuela no se inaugura con discursos. No se termina con comunicados. No se construye con promesas.

Se construye trabajando.

Y si realmente la obra está tan cerca de terminar, como aseguran quienes sostienen esa versión, entonces la realidad debería poder demostrarlo.

Por ahora, la realidad parece decir exactamente lo contrario.

ALEJANDRO DUARTE