La desidia tiene un aroma particular: hule a abandono, a promesas rotas y a maderas que se pudren bajo la mirada indiferente del tiempo. En el corazón de Puerto Piray, un edificio que alguna vez palpitó como el pulso vital de toda una comunidad yace hoy sumido en una decadencia desgarradora. La ex terminal de ómnibus, aquel refugio de abrazos, despedidas y reencuentros, se ha transformado en la sombra grotesca de lo que fue: una ruina devorada por el vandalismo, el saqueo y la desmemoria.

Duele en el alma contemplar las paredes de lo que en julio de 2019 pretendió ser la Terminal de Transferencia “Casiano Rotela”. Aquella inauguración, teñida del falso brillo de las cintas cortadas y las promesas rimbombantes, juraba rendir homenaje a un trabajador municipal y devolverle al pueblo un espacio de cultura, un hogar para la biblioteca y un nodo de integración comunitaria. Cien metros de expectativas financiada con el esfuerzo de todos hoy no son más que un cascarón vacío. Las palabras se las llevó el viento; los recursos, el olvido.
El drama se profundiza al cruzar sus umbrales destrozados. En sus rincones fríos y oscuros se dibuja la tragedia humana en su estado más puro: el espacio es hoy el único y precario refugio de personas empujadas a la extrema vulnerabilidad social. Es la dolorosa postal de la ausencia estatal, donde la marginación y la inseguridad se alimentan mutuamente en una espiral que atemoriza y entristece a las familias vecinas. La falta de asistencia social urgente para los ocupantes no hace más que evidenciar que la desidia no solo destruye ladrillos, sino que abandona vidas.

Los concejales y la ciudadanía levantan hoy la voz entre la indignación y el llanto callado: recuperar el edificio no es solo una cuestión de infraestructura, es un imperativo ético. Exigen transformar las ruinas en un museo que devuelva la dignidad al pasado de Puerto Piray y ofrecer, al mismo tiempo, una respuesta humana y de fondo a quienes hoy sobreviven entre sus escombros.
¿Hasta cuándo Piray permitirá que su historia se convierta en cenizas? Dejar morir este patrimonio es permitir que se apague un pedazo de la identidad del pueblo. La ex terminal clama por auxilio; no solo por su arquitectura herida, sino por la memoria y la dignidad de toda una comunidad que se niega a resignarse al olvido.
ALEJANDRO DUARTE

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