El último domingo, el barro y el rugido de los motores en el Circuito MX Gonseski se transformaron en el escenario de un milagro cotidiano. Allí, entre cascos que parecen gigantes y miradas que desbordan inocencia, conocimos a Luan y a Ian. Tienen apenas ocho y seis años. Dos vidas diminutas que ya desafían a la gravedad en la categoría “Mini Cross”. Verlos allí, erguidos sobre dos ruedas, nos obligó a disparar una pregunta al aire: ¿A qué edad se empiezan a descubrir las pasiones?

Es una pregunta que no tiene —ni busca— respuesta. Se explica, simplemente, por el misterio de nacer con un ADN bendecido, preparado para vivir la existencia a otra velocidad, con otra intensidad.
En las tribunas, los corazones de los padres laten a un ritmo que la ciencia no puede explicar. Primero, por el orgullo sagrado de compartir la misma sangre y el mismo amor por los motores desde la más tierna infancia. Segundo, porque ver a ese pedacito de su propio ser haciendo rugir una motocicleta, buscando el salto perfecto con el alma suspendida en el aire, arriesgando el físico en cada subida empinada y devorando la adrenalina como si tuvieran treinta años en el lomo, hace que el pecho de esos papás retumbe con más fuerza que la mismísima Cross 250 que descansa en el taller familiar. Es el miedo y la gloria fundidos en un solo abrazo.

Con una naturalidad que estremece, ambos niños confesaban que ya arrastran cuatro años de experiencia sobre las motos. Sí, leyó bien: media vida arriba de dos ruedas. Con el pecho inflado de orgullo, contaban cómo sus padres son los mecánicos de sus sueños, los que les preparan la máquina para cada batalla. Explicaban el cronograma del domingo —el entrenamiento, la clasificación, la estrategia para las finales— con una templanza y una madurez que resulta casi dolorosa de entender en cuerpos tan pequeños. ¿Cómo puede caber tanta valentía en manos tan chicas?
Al final del día, entendemos todo. El deporte es, y será siempre, la herramienta más noble e inteligente para enseñarle a un niño a transitar este mundo tan complejo. La sana competencia, el compañerismo incondicional, el gesto heroico de estirar la mano o levantar al rival caído para que nadie salga lastimado; el deporte motor cumple con cada uno de esos mandamientos sagrados. Luan e Ian no solo heredaron una pasión ruidosa y hermosa; están aprendiendo, entre el polvo y el viento, una lección de vida que les quedará tatuada en el alma para siempre.
**ALEJANDRO DUARTE**
*PH: GUILLERMO BARÓN*

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