17 de mayo de 2026

BORIS CYRULNIK Y EL GOLPE DE REALIDAD DE LOS 60: CUANDO YA NO ALCANZA NI EL FILTRO EMOCIONAL

 

Cumplir años tiene algo de tragedia elegante. De golpe, el tiempo deja de ser “todo lo que falta” y empieza a convertirse en “todo lo que ya gastaste”. El cuerpo pasa factura, la memoria hace huelga intermitente y las emociones aparecen sin maquillaje ni excusas baratas.

El psiquiatra Boris Cyrulnik, especialista en resiliencia y sobreviviente de una vida marcada por pérdidas brutales, lo resume con una frase demoledora: “A los 60, ya no podemos engañarnos. El cuerpo, la memoria y las emociones hablan juntos sin vacilación”. Traducido al idioma cotidiano: ya no podés convencerte de que “seguís igual que a los 30” solo porque todavía subís una escalera sin pedir oxígeno.

Para Cyrulnik, la resiliencia no es esa frase de taza motivacional que dice “todo pasa por algo”. Es reconstruirse después del desastre. Aprender a seguir caminando aunque la vida te haya dejado más grietas que certezas.

Y claro, llegar a los 60 tiene su propia ironía: pasaste décadas acumulando cosas, títulos, estrés, cuentas y preocupaciones… para descubrir que al final lo único verdaderamente valioso era dormir bien, tener paz mental y encontrar los lentes sin ayuda.

Según el especialista, en esta etapa muchas de las seguridades que sostuvieron toda una vida empiezan a desmoronarse. El trabajo deja de definirte, la necesidad de aparentar se vuelve agotadora y ciertas discusiones pierden sentido. Básicamente, llega el momento en que entendés que pelearse en Facebook con un desconocido no era precisamente un proyecto existencial.

La resiliencia, además, no ocurre en soledad. Necesita vínculos, afectos y personas que te ayuden a levantarte cuando el entusiasmo decide jubilarse antes que vos. Porque sí: el ser humano soporta mucho más de lo que cree… aunque a veces necesite ibuprofeno, anteojos y una siesta estratégica.

Cyrulnik insiste en que algunas heridas tardan décadas en cicatrizar. Y ahí aparece otra gran estafa del mundo moderno: esa obsesión ridícula por “superar rápido” todo. Como si el dolor tuviera delivery express o garantía de fábrica.

En la madurez, la resiliencia ya no tiene nada de épico. No se trata de “comerse el mundo”, sino de aprender a convivir con lo vivido sin hacerse el distraído. Seguir adelante, sí… pero entendiendo que las cicatrices ya forman parte del paisaje.

Porque después de los 60, el espejo miente menos, el cuerpo protesta más y la paciencia para las tonterías desaparece a una velocidad admirable.