Dicen los que saben que el clima es el tema favorito de quienes no tienen nada que decir, pero cuando la naturaleza decide pasar de los moderados 9°C a un sofocante ensayo del infierno en menos de cuarenta y ocho horas, el asunto deja de ser chisme de ascensor para convertirse en una cuestión de supervivencia social.
Actualmente nos encontramos en esa brevísima y engañosa ventana de confort: 9 grados centígrados, un cielo despejado que parece dibujado a mano, viento manso a 5 kilómetros por hora y cero por ciento de precipitaciones. Una postal idílica. Un escenario casi poético si no fuera por ese 93% de humedad que nos recuerda que, en este rincón del mundo, el aire no solo se respira: prácticamente se bebe. Disfrute este momento de ilusa frescura mientras pueda, porque la tregua durará lo que tarda un helado en derretirse al mediodía.
Para este jueves, el termómetro iniciará su particular escalada con una amplitud térmica digna de un desierto, partiendo de unos frescos 8°C por la mañana para trepar sin piedad hasta los 28°C por la tarde. Un dilema vestimentario clásico donde la campera matutina se transforma en un estorbo insoportable antes del almuerzo. Pero la verdadera prueba de fuego —literalmente— llegará el sábado, cuando las máximas alcancen los 36°C. Así, sin escalas ni anestesia, pasaremos de buscar la colcha a disputar el último milímetro de sombra disponible.
Habrá que preparar el aire acondicionado, desenpolvar los ventiladores que crujen y resignarse a que la primavera nos regale, una vez más, el habitual verano gratuito fuera de temporada. El cambio de clima ya está servido; solo queda decidir si lo enfrentaremos con resignación o con un buen vaso de agua fría.
ALEJANDRO DUARTE

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