La Fórmula 1 tiene reglas, banderas, sensores, radares, cámaras, telemetría y un ejército de especialistas capaces de analizar hasta el último milímetro de una maniobra. Lo que aparentemente no siempre tiene es algo bastante más sencillo: criterio.
Franco Colapinto terminó el Gran Premio de Países Bajos con la bronca lógica de quien había construido una excelente largada, se había metido entre los diez mejores y, cuando parecía que la carrera podía regalarle una alegría, terminó pagando una sanción que lo mandó prácticamente al fondo del pelotón.
El argentino recibió un drive-through por una maniobra bajo bandera amarilla tras el accidente de Max Verstappen. Y ahí apareció la gran pregunta: ¿se aplica el reglamento a rajatabla sin mirar absolutamente nada de lo que ocurre alrededor?
Colapinto fue contundente: “Es bastante, bastante injusta. Muy dura, es extremadamente dura la penalización”.
Y cuesta no entender su enojo.
Porque aparentemente, para algunos comisarios, cuando aparece una bandera amarilla hay que frenar como si el auto estuviera estacionado en una esquina, aunque detrás venga otro monoplaza a más de 250 kilómetros por hora. Después, si ocurre un accidente por una frenada absurda, seguramente habrá otra investigación para determinar quién tuvo la culpa.
El piloto de Alpine explicó que frenar bruscamente en plena recta podía ser incluso más peligroso y sostuvo que la bandera amarilla llegó tarde.

Pero claro, las autoridades tienen una solución aparentemente infalible: sancionar.
Colapinto había hecho, según sus propias palabras, “la mejor largada del año”. Había avanzado posiciones, había llegado al décimo lugar y estaba construyendo una carrera interesante. Después apareció la sanción y todo aquello quedó convertido en una excursión obligatoria por el pit lane.
De décimo a 14°.
Cuatro posiciones pueden parecer poco para quienes miran la clasificación desde un escritorio. Para un piloto que viene peleando cada curva, cada décima y cada posición, pueden significar una carrera completamente distinta.
Y como si el castigo no alcanzara, también llegaron dos puntos menos en la superlicencia.
Porque aparentemente el mensaje era: “Te equivocaste, Franco”. Pero también podría interpretarse como: “No importa demasiado el contexto, acá manda la calculadora”.
El problema no es que existan reglas. Las reglas son necesarias. El problema aparece cuando quienes deben aplicarlas parecen olvidar que detrás de esas reglas hay pilotos tomando decisiones en fracciones de segundo, máquinas viajando a velocidades monstruosas y situaciones que no siempre pueden resolverse con una fórmula matemática.
Colapinto no pidió que le regalaran posiciones. No pidió que le perdonaran una maniobra peligrosa. Cuestionó algo mucho más básico: la proporcionalidad de la sanción y el criterio utilizado para aplicarla.
Y ahí está el verdadero debate.
Porque si la Fórmula 1 pretende ser el máximo nivel del automovilismo mundial, las autoridades también deberían estar a la altura del espectáculo. No alcanza con tener reglamentos de cientos de páginas si a la hora de interpretar una situación falta algo tan elemental como mirar el contexto.
Mientras tanto, Colapinto ya mira hacia Monza.
Después de una carrera que comenzó con ilusión y terminó con bronca, al argentino le queda demostrar nuevamente en pista lo que los comisarios decidieron quitarle desde un escritorio.
Quizás en la próxima carrera, además de llevar casco, neumáticos y combustible, haya que pedirle a la FIA que lleve un poco de sentido común.
ALEJANDRO DUARTE

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