Hay algo profundamente injusto en tener que encerrarse dentro de la propia casa para poder respirar.
En Colonia Victoria, lo que debería ser una vida cotidiana se transformó, para numerosos vecinos, en una especie de reclusión involuntaria. No hay rejas, no hay candados, no hay una orden judicial que los obligue a permanecer encerrados. Hay algo mucho más preocupante: polvo, viruta, polución y una sensación de abandono que parece no tener límites.

Durante la mañana de hoy, vecinos de la localidad decidieron romper el silencio y contar, ante los micrófonos de “EL MAÑANERO”, una realidad que aseguran padecer diariamente desde la instalación de una fábrica en pleno centro.
“No podemos salir afuera, no podemos abrir la casa. El polvillo y los restos de viruta en nuestras casas es constante”, relató una vecina.
Y detrás de esa frase hay una realidad que debería encender todas las alarmas.
Porque no estamos hablando simplemente de suciedad en las calles o de algunas molestias ocasionales. Los vecinos aseguran que el aire se volvió prácticamente irrespirable y que personas con enfermedades respiratorias, pacientes oncológicos y niños se encuentran entre los más afectados.
“Los chicos no pueden ir a la escuela porque deben pasar cerca de la fábrica”, señalaron.
Si esto es así, la pregunta deja de ser solamente ambiental.
¿QUÉ CLASE DE MUNICIPIO PERMITE QUE SUS VECINOS TENGAN QUE ELEGIR ENTRE SALIR DE SUS CASAS O PROTEGER SU SALUD?
Y hay algo que los propios vecinos se encargaron de aclarar: no están en contra de la fábrica ni de los trabajadores.
No reclaman que alguien pierda su empleo. No piden que una fuente laboral desaparezca. Piden algo infinitamente más básico: poder vivir con dignidad.
El problema no es que exista una fábrica.
El problema es cómo funciona, qué controles tiene, qué medidas de seguridad implementa y qué impacto genera sobre quienes viven a pocos metros de sus operaciones.
Y entonces aparece la pregunta inevitable, esa que nadie debería esquivar:
¿QUIÉN CONTROLA?
¿Quién supervisa que las condiciones de funcionamiento sean las adecuadas? ¿Quién verifica que las emisiones, el polvo y los residuos no terminen dentro de las viviendas? ¿Quién controla el impacto sobre los vecinos? ¿Quién escucha cuando una comunidad entera comienza a decir que ya no puede respirar?
Porque si existe un organismo responsable de controlar y nadie controla, tenemos un problema.
Y si alguien controla y observa lo que ocurre pero decide mirar hacia otro lado, tenemos un problema todavía mayor.
Mientras tanto, los vecinos esperan.
Esperan respuestas.
Esperan controles.
Esperan que alguien se acerque.
Esperan que alguien tome una decisión.
Y, fundamentalmente, esperan poder abrir una ventana sin que el polvo entre a sus casas.
LAS COSAS YA NO SE PUEDEN ESCONDER DEBAJO DE LA ALFOMBRA. Y MUCHO MENOS PUEDEN PRETENDER TAPARSE CON POLVO Y VIRUTA.

Colonia Victoria no está pidiendo privilegios.
Está pidiendo algo que debería ser elemental para cualquier ciudadano: respirar aire limpio, caminar por su barrio, mandar a sus hijos a la escuela y abrir la puerta de su casa sin sentir que está poniendo en riesgo su salud.
Porque cuando los vecinos sienten que deben vivir encerrados para protegerse, ya no estamos frente a una simple molestia.
Estamos frente a una situación que merece respuestas, controles y, sobre todo, responsabilidad.

Y mientras algunos parecen seguir haciendo como si nada ocurriera, hay familias que continúan detrás de sus ventanas, mirando hacia afuera y preguntándose cuánto tiempo más tendrán que esperar para volver a vivir normalmente.
ALEJANDRO DUARTE

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