Setenta y cinco años no se cumplen todos los días. Son décadas de historia, de esfuerzo colectivo y de un sueño que nació con un objetivo claro: brindar servicios de calidad poniendo siempre al socio en el centro de cada decisión. Sin embargo, la gran pregunta que hoy resuena en Eldorado es inevitable: ¿qué quedó de aquella cooperativa que alguna vez fue orgullo de la ciudad?
Mientras los festejos se anuncian con bombos, discursos y celebraciones, miles de vecinos parecen vivir una realidad completamente distinta. Porque detrás de las guirnaldas, los saludos protocolares y las fotos de ocasión, existe una comunidad que desde hace años convive con cortes de energía reiterados, problemas constantes en el suministro de agua, un servicio de televisión que para muchos quedó atrapado en el pasado y una atención al asociado que, lejos de ofrecer soluciones, suele profundizar el malestar.
El problema ya no parece ser solamente el valor de una factura. Lo verdaderamente preocupante es la sensación de que los servicios esenciales dejaron de responder a las necesidades de quienes sostienen a la institución. Cuando falta la luz, cuando el agua no llega o cuando nadie responde un reclamo, la confianza también comienza a apagarse.
A ese escenario se suman denuncias públicas, cuestionamientos sobre la transparencia de la administración y sospechas que, desde distintos sectores de la comunidad, reclaman respuestas claras. Son situaciones que generan preocupación y que alimentan un clima de desconfianza cada vez más profundo. Porque una cooperativa no puede sostenerse únicamente sobre balances o discursos; necesita credibilidad, participación y el convencimiento de que cada decisión se toma pensando en el bien común.
Quizás lo más doloroso sea comprobar cómo aquella institución que nació bajo los principios del cooperativismo parece haberse alejado de sus propias raíces. La idea de que el socio era el verdadero dueño de la entidad hoy parece diluirse entre estructuras de poder que muchos consideran cada vez más distantes de la realidad cotidiana.
Una cooperativa no pertenece a sus dirigentes de turno. No pertenece a un grupo reducido ni a quienes circunstancialmente ocupan cargos de conducción. Pertenece a sus asociados, a quienes durante generaciones la construyeron con esfuerzo y confianza. Cuando esa esencia se pierde, también se pierde parte de la identidad que le dio origen.
Por eso, este aniversario deja un sabor amargo. Porque más que una celebración, invita a una profunda reflexión. No alcanza con recordar el pasado si el presente está marcado por el descontento y la incertidumbre. No alcanza con cumplir años cuando buena parte de la comunidad siente que la institución dejó de escuchar a quienes le dieron vida.
Los 75 años de la CEEL deberían ser el punto de partida para recuperar la transparencia, reconstruir la confianza y volver a colocar al asociado en el lugar que nunca debió perder. De lo contrario, este aniversario correrá el riesgo de ser recordado no por la grandeza de su historia, sino por el momento en que la distancia entre la cooperativa y sus verdaderos dueños se hizo más evidente que nunca.
Porque las instituciones no se sostienen por la cantidad de años que cumplen, sino por la confianza que son capaces de inspirar. Y esa confianza, cuando se pierde, cuesta mucho más recuperarla que cualquier servicio interrumpido.
ALEJANDRO DUARTE

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