8 de septiembre de 2026

UNA GRAN OPORTUNIDAD, UN GRAN ERROR Y UNA ENORME LECCIÓN DE PERSEVERANCIA

 

Domingo. Los mates amanecen cargados, el termo ya está listo y la televisión encendida. Sin dudas, el corazón está en Argentina, pero hoy late fuerte en Italia. Franco tiene una gran oportunidad. Tal vez, por fin, la bandera argentina pueda flamear en el podio de la Fórmula 1.

La expectativa es enorme, pero todavía quedan 56 vueltas para saber si ese sueño puede convertirse en realidad.

Los motores rugen, las luces se apagan y comienza la carrera. Franco, como ya nos tiene acostumbrados, vuelve a demostrar que es un gran largador. Avanza, busca posiciones y va detrás de eso que se le viene negando carrera tras carrera.

Pero el destino, una vez más, decidió ponerlo a prueba.

Bandera roja.

La carrera se detiene y, con ella, también parece detenerse el corazón de millones de argentinos que esperan el relanzamiento. Finalmente llega. Cinco segundos. Los motores vuelven a rugir y, en ese instante, el auto número 43 se va de pista.

No toca el muro, pero visita la leca.

Todos siguen. Franco no.

El argentino vuelve a la pista en el puesto 16.

Ese número, durante mucho tiempo, fue casi una condena. Con un auto que muchas veces no estuvo a la altura, llegar al puesto 16 era, en ocasiones, todo lo que se podía esperar. Pero hoy era diferente. Hoy queríamos más.

Y entonces comenzó otra carrera.

Franco no bajó los brazos. El tiempo pasaba, los autos seguían adelante y el puntero se alejaba, pero el argentino comenzó a recuperar posiciones.

Un auto.

Una vuelta.

Otra posición.

Y otra más.

Del puesto 16 al 10. Los puntos empezaban a aparecer nuevamente en el horizonte. El podio parecía lejano, pero la carrera todavía no había terminado.

Y mientras algunos daban por perdida la ilusión, Franco seguía empujando.

Porque en la Fórmula 1 no alcanza con tener velocidad. También hay que tener carácter.

Finalmente llegó la bandera a cuadros.

No fue el podio que todos soñábamos. No fue esa fotografía que imaginábamos con la celeste y blanca en lo más alto de nuestras emociones. Pero Franco terminó noveno.

¿Decepcionante? Sí.

¿Fracaso? Absolutamente no.

Porque hay que entender lo que ocurrió durante esas vueltas.

Históricamente largó séptimo. Históricamente llegó a estar cuarto. Por momentos, incluso, el podio pareció estar al alcance de la mano. Y mientras nosotros soñábamos con celebrar, el destino volvió a recordarnos que la Fórmula 1 también puede ser cruel.

El error lo llevó al puesto 16.

Pero la perseverancia lo devolvió al noveno.

Y eso también merece ser reconocido.

Franco lloró. Se lamentó. Las lágrimas del piloto argentino recorrieron las pantallas de millones de hogares y, por un instante, sentimos que esas lágrimas también eran nuestras.

Porque todos queríamos verlo arriba.

Todos queríamos escuchar el himno.

Todos queríamos ver la bandera argentina en el podio.

Pero también tenemos que estar orgullosos.

Porque cuando el auto se fue afuera, seguimos empujándolo.

Cuando quedó 16°, seguimos creyendo.

Cuando el podio parecía perdido, seguimos mirando.

Y cuando finalmente terminó noveno, entendimos que llegar hasta allí después de semejante golpe también es una hazaña.

Franco todavía tiene una deuda pendiente con el destino.

El podio.

Ese lugar que se viene negando una y otra vez.

Pero quizás justamente allí esté la clave: las grandes historias no siempre comienzan con una victoria. Algunas comienzan con una caída, con lágrimas, con frustración y con la decisión de volver a intentarlo.

Hoy no fue el domingo perfecto.

Hoy fue una gran oportunidad, un gran error y una enorme lección de perseverancia.

Así que, señores, de pie.

Porque la próxima carrera habrá otra largada, otra oportunidad y seguramente otra batalla.

Y nosotros vamos a estar nuevamente ahí, empujando ese auto.

No solamente porque lleva el número 43.

No solamente porque representa una bandera.

Sino porque arriba de ese auto está Franco Colapinto.

Y tarde o temprano, ese maldito destino tendrá que entender que todavía no pudo vencernos.

El podio puede esperar.

Nosotros no vamos a dejar de creer.

ALEJANDRO DUARTE