El suelo de Eldorado tembló bajo el peso de un dolor insoportable, marchando bajo el grito desgarrador de “NI UNA MENOS”. Cada paso en el asfalto arrastró el eco de las ausencias, el recuerdo vivo de las almas que nos arrancaron y que hoy, desde un silencio eterno, abrazan a sus familias rotas y a quienes se desangran en esta lucha contra la crueldad absoluta.Eldorado llora lágrimas de sangre por sus pibas. El país entero se hunde en el luto por las que ya no están. Solo siguen de pie las que ya no tienen nada que perder, porque el dolor les arrebató hasta el miedo.La movilización partió desde la zona oeste como una herida abierta, arrastrándose hasta la plazoleta del kilómetro 6.

El aire se llenó de cantos desesperados, banderas que pesan como lápidas y carteles que queman las manos. Cada paso llevaba impreso un nombre, cada suspiro exigía una justicia sorda, una justicia humana que parece maldita e incapaz de sanar tanto horror.Los gritos de impotencia golpean contra las paredes y rebotan en rincones vacíos, chocando siempre contra la misma pared de piedra. Quienes sostienen el poder y la responsabilidad vuelven a dar la espalda, ignorando el llanto de un pueblo herido.
Otra vez, ante el abandono estatal, son los colectivos sociales los que sostienen los cuerpos caídos, los que abrazan los escombros de las familias y gritan hasta desgarrarse la garganta. La historia argentina está condenada a parir sus milagros desde el barro de las luchas colectivas. Hoy, con los ojos llenos de lágrimas y el puño apretado por la rabia, la consigna vuelve a sangrar con fuerza: “NI UNA MENOS”.
ALEJANDRO DUARTE

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