Esta vez no pudo ser. Y, sin embargo, hay derrotas que no se parecen a una caída, sino a un acto de dignidad.
Argentina dejó escapar la posibilidad de volver a escribir su nombre en la cima del mundo. El resultado fue un 1 a 0 que, por momentos, pareció corto y, por otros, reflejó la superioridad de una España que supo aprovechar su oportunidad. Tal vez hubo un error táctico, quizás faltó esa chispa que tantas veces apareció en los momentos decisivos. Pero el fútbol también tiene esas noches en las que el corazón no alcanza para torcer el destino.
No apareció el 10, aunque tampoco lo hizo el resto del equipo. Y cuando el arquero termina siendo la gran figura, la reflexión resulta inevitable. Aun así, sería injusto reducir noventa minutos, más treinta de alargue, a una sola lectura.
Hubo entrega. Hubo sacrificio. Hubo jugadores que siguieron de pie cuando el cuerpo ya no respondía. Tagliafico, prácticamente sin fuerzas, resistió hasta el último instante, como tantos otros que dejaron el alma sobre el césped. Esa imagen vale tanto como cualquier estadística.
Por eso, este redactor no tiene reproches. El fútbol enseña que no siempre gana quien más sueña, pero sí queda en la memoria quien jamás renuncia a luchar. La Selección Argentina no pudo defender la corona, pero volvió a honrar la camiseta con la misma pasión con la que millones de argentinos la abrazan desde una tribuna, un living o una radio.
España es, con justicia, la nueva campeona del mundo. Esa es la realidad. La otra realidad, la que no figura en los libros de estadísticas, es que hay derrotas que también se aplauden porque están hechas de coraje, de lágrimas y de esperanza.
Porque el himno nunca fue una promesa de victorias. Fue, y seguirá siendo, un juramento: “coronados de gloria… o con gloria morir.”
ALEJANDRO DUARTE

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