Boca logró lo imposible: transformar una noche de Copa en una película de terror psicológico antes de que la gente terminara de acomodarse en la platea. Todavía no había una sola gota de transpiración sobre el césped, algunos hinchas seguían buscando el asiento y Huracán ya estaba 1 a 0 arriba. Sí, así de rápido. Tan rápido que ni el propio BREY entendió qué pasó. Seguramente todavía sigue repasando la jugada en cámara lenta, buscando alguna explicación racional a semejante cachetazo madrugador.
Y después vino el espectáculo favorito de Boca en este 2026: atacar, atacar, atacar… y no hacer goles ni aunque el arco mida veinte metros. El equipo se lanzó desesperadamente sobre el arco de Huracán como si estuviera jugando un picado en la playa, pero con la definición de un grupo de amigos después de un asado y seis litros de cerveza. Llegaban por todos lados, centros, rebotes, pelotas al área, remates desviados, tiros al cuerpo del arquero, y esa sensación permanente de que podían jugar hasta el martes y aun así no iban a meterla.

Huracán, mientras tanto, aplicó la fórmula perfecta del oportunismo cruel: llegó una vez y convirtió. Efectividad del 100%. Una estadística tan obscena que debería ser ilegal. El Globo parecía ese alumno que estudió diez minutos antes del examen y aun así se saca un diez, mientras Boca hacía horas extras de sufrimiento colectivo.
El empate cayó milagrosamente sobre el final, como para darle a la Bombonera una pequeña ilusión, un respirador artificial futbolístico. Entonces llegó el alargue. Quince minutos y quince más para intentar el milagro. Para creer. Para soñar. Para volver a decepcionarse de manera aún más humillante.
Porque claro, en este Boca versión tragedia griega siempre puede pasar algo peor. Y pasó.
A los 7 minutos del suplementario, gracias a un blooper monumental del propio defensor xeneize Dilolo, Huracán ya ganaba 3 a 1. Sí, 3 a 1. En la Bombonera. En un partido que Boca estaba obligado a ganar. El estadio pasó del “Dale Bo” al silencio existencial absoluto. Había gente mirando al vacío como quien recibe la factura de la tarjeta después de las vacaciones.
Pero la obra todavía tenía más capítulos ridículos.
Huracán se quedó con NUEVE jugadores. Nueve. Dos menos. Contra Boca. En la Bombonera. En una Copa. Cualquier lógica futbolera indicaba que se venía una avalancha épica, una remontada histórica, un asedio infernal. Pero no. Nada de eso ocurrió. Boca atacó con la desesperación de un equipo gigante y la claridad de un GPS sin señal en medio del monte.
Huracán resistió como pudo, entre piernas acalambradas, pelotazos al cielo y jugadores tirándose al piso cada treinta segundos mientras el reloj avanzaba con una crueldad hermosa para los neutrales.
Y cuando apenas quedaba una chispa de esperanza, apareció Romero para poner el 3 a 2. Tarde. Apenas lo suficiente para darle a la eliminación un toque extra de angustia. Porque Boca ya no pierde normal: Boca necesita hacer sufrir hasta el último segundo.
Final. Boca afuera. Otra vez. Después de perder dos partidos de Copa Libertadores y protagonizar una eliminación que mezcla vergüenza, impotencia y desconcierto total, quedan las caras largas, los insultos contenidos, las preguntas incómodas y una sensación insoportable de decadencia futbolística.
La Bombonera pasó de fortaleza a sala de terapia intensiva emocional.
Y ahora sí, la gran pregunta que nadie quiere responder:
¿Cómo se sigue después de esto?
ALEJANDRO DUARTE

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