El calendario dice que es un sábado de fin de semana largo, y para la cómoda burocracia estatal, eso parece ser suficiente excusa para apagar los teléfonos y desentenderse del mundo. Total, el sueldo a fin de mes llega igual. Sin embargo, la tragedia ambiental y el sufrimiento animal no entienden de feriados. La cruda realidad golpeó esta mañana en San Ignacio cuando una comadreja fue hallada gravemente herida en un terreno vecinal, desnudando —una vez más— la enorme grieta que existe entre quienes sienten el verdadero dolor de nuestra fauna y quienes solo usan a la ecología para el marketing político.
Ante la total ausencia de los estamentos del Estado —aparentemente más preocupados por el fixture de la Selección Argentina que por cumplir con su mandato civil—, la verdadera red de contención humana se activó de inmediato.

La Fundación “Pata Sucia” dio la alarma, movilizando sin dudarlo a los integrantes de la Reserva VGM Héctor Fernández, quienes no miraron el almanaque ni el clima adverso para salir al rescate. Acto seguido, la fundación “Ohana” (para el cuidado de la vida silvestre) asumió la enorme responsabilidad de brindar la atención médica veterinaria de urgencia. Tres instituciones privadas y voluntarias haciendo, de forma gratuita y urgente, el trabajo por el cual otros cobran fortunas del bolsillo público.
Qué tierno resulta ver los discursos baratos, los videitos institucionales en redes sociales y las fotos posadas de los funcionarios hablando de la “biodiversidad misionera”, para que después, un sábado lluvioso, la vida de un ejemplar dependa exclusivamente de la buena voluntad y los recursos propios de un puñado de ciudadanos comprometidos. Para el voluntario, el minuto cero es ahora; para el empleado público con cámara en mano, el compromiso empieza el lunes a las ocho de mañana.
Gracias a este heroico esfuerzo conjunto, el animal ya se encuentra recibiendo las curaciones necesarias y se aguardan novedades sobre su evolución. Pero la indignación queda flotando en el aire. Este lamentable episodio no es un hecho aislado: es el síntoma directo de una selva misionera cada vez más avasallada por la topadora del “progreso” productivo sin límites. La fauna silvestre no invade las zonas urbanas por capricho; se repliega desesperada porque le estamos destruyendo la casa. Mientras quienes tienen el poder de conservar prefieren mirar para otro lado para no molestar a los grandes negocios, los animales siguen pagando el precio más alto en el más absoluto y vergonzoso desamparo oficial.

ALEJANDRO DUARTE

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