La velocidad suele ser una virtud en el periodismo, pero cuando se corre más rápido que los hechos, el riesgo de estrellarse contra la verdad es enorme.
Este jueves, buena parte de los medios de comunicación de Misiones difundieron casi al unísono que el diputado provincial Ramón Amarilla había protagonizado un siniestro vial en la intersección de la avenida Uruguay y calle Suiza. La versión era contundente: el legislador circulaba en un vehículo que colisionó con una camioneta. Caso cerrado. Titulares listos. Sentencia mediática ejecutada.
Sin embargo, el propio Amarilla decidió romper el silencio y contar su versión a través de sus redes sociales. Allí aseguró que jamás participó del accidente. Explicó que simplemente detuvo su vehículo particular para asistir a las personas involucradas, colaborar con el protocolo de auxilio y, por su formación como policía, solicitar la documentación correspondiente mientras aguardaban el resto de las actuaciones.
Además, desmintió que el automóvil involucrado le perteneciera y hasta mostró cuál es su vehículo personal, de una gama muy distinta al que algunos medios le adjudicaban como propio.
La pregunta entonces ya no es quién chocó, sino quién construyó el relato.
Porque si la explicación del diputado es cierta, algunos medios no solo confundieron a un testigo con un protagonista, sino que transformaron un gesto de asistencia en una supuesta responsabilidad vial. Una diferencia que, para cualquier periodista serio, no es un detalle menor.
Resulta llamativo que varios portales hayan repetido prácticamente la misma versión sin esperar una confirmación, una voz oficial o, al menos, la palabra del señalado. Pareciera que la prioridad no era informar, sino instalar una imagen. Y cuando el objetivo es instalar antes que verificar, el periodismo deja de ser un servicio para convertirse en una herramienta de conveniencia.
La ironía es difícil de ignorar: un hombre baja de su auto para ayudar y termina apareciendo como el protagonista del accidente. En tiempos donde muchos pasan de largo ante una emergencia, parece que detenerse a colaborar también puede convertirse en un problema… al menos mediáticamente.
Informar exige responsabilidad. Rectificar, también. Porque cuando el relato se impone sobre los hechos, la víctima ya no es solamente la persona involucrada: la principal perjudicada es la credibilidad del periodismo.
ALEJANDRO DUARTE

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