Las Islas Malvinas volvieron a aparecer en el escenario internacional y, esta vez, con un protagonista bastante particular: Donald Trump. El presidente de Estados Unidos calificó de “desastre potencial” un eventual conflicto entre Argentina y el Reino Unido y hasta deslizó que podría intervenir para evitar una escalada.
Porque si algo faltaba en la histórica disputa por Malvinas era que Trump apareciera desde Dublín, micrófono mediante, dispuesto a convertirse en una suerte de árbitro internacional. Parece que Washington también tiene opinión sobre las islas, aunque conviene recordar que, cuando se trata de Malvinas, los argentinos no necesitamos que nadie nos explique demasiado bien dónde quedan ni por qué las reclamamos.
Trump incluso recordó que los británicos “entraron y se apoderaron” de las islas. Una frase curiosa, porque hasta parece que alguien descubrió recién ahora que detrás de la cuestión Malvinas existe una historia de ocupación, guerra, reclamo diplomático y una soberanía que Argentina sostiene desde hace generaciones.
Pero el presidente estadounidense también puso sobre la mesa las dificultades que atraviesa actualmente el Reino Unido: inmigración, energía y, aparentemente, la logística. Porque claro, recuperar unas islas ubicadas en el Atlántico Sur no sería precisamente como cruzar la calle. Hay que subirse a un barco, navegar miles de kilómetros y, en el camino, probablemente tener tiempo suficiente para preguntarse si semejante aventura realmente vale la pena.
Mientras tanto, Argentina sigue haciendo lo que viene haciendo desde hace décadas: reclamar por la vía diplomática la soberanía sobre las Islas Malvinas.
Y el Gobierno de Javier Milei decidió reforzar esa agenda con sanciones contra empresas que exploten hidrocarburos en el área sin autorización argentina, mayor presupuesto para Defensa, el proyecto de una Base Naval Integrada en Ushuaia y un nuevo sistema dentro de Cancillería para coordinar las acciones vinculadas al reclamo soberano.
También se anunciaron procesos sancionatorios contra unas 60 empresas y personas relacionadas directa o indirectamente con actividades en la cuenca Malvinas.
Ahora bien, entre discursos, sanciones, barcos, bases navales y declaraciones presidenciales, aparece la pregunta inevitable: ¿qué lugar ocupa realmente la diplomacia en todo esto?
Porque Malvinas no es una bandera para agitar cada vez que conviene políticamente. Tampoco es una pieza para una partida de ajedrez internacional en la que las grandes potencias mueven fichas desde miles de kilómetros de distancia.
Malvinas es una causa profundamente arraigada en la sociedad argentina.
Y quizás lo más irónico de todo sea que mientras Argentina y el Reino Unido llevan décadas disputando la soberanía, ahora aparece Trump diciendo que un conflicto sería un “desastre potencial” y que él podría intentar solucionarlo.
Por las dudas, señor Trump: gracias por la preocupación.
Pero si de Malvinas se trata, los argentinos ya sabemos perfectamente cuál es el destino del reclamo.
Las islas son argentinas.
Lo que todavía falta resolver no es quién las siente como propias, sino cómo conseguir que algún día la diplomacia logre que esa soberanía deje de ser solamente una reivindicación y pueda convertirse en una realidad.
ALEJANDRO DUARTE

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