La política nació —o al menos eso debería ser— como una herramienta de transformación. Una herramienta destinada a mejorar la vida de la gente, resolver problemas, generar oportunidades y construir un futuro mejor.
Pero en Misiones, especialmente en muchas localidades del interior, ese concepto parece haberse convertido en una frase vacía, de esas que sobreviven en los discursos mientras la realidad golpea cada vez más fuerte las puertas de los vecinos.
La política empieza a ser mirada de reojo. Ya no genera esperanza: genera dudas. Ya no transmite certezas: produce incertidumbre. Y cuando una sociedad comienza a desconfiar de quienes tienen la responsabilidad de conducirla, algo mucho más profundo que una simple discusión partidaria está ocurriendo.
Colonia Victoria es un ejemplo que no puede pasar inadvertido. Allí, una actividad instalada en el centro de la localidad genera preocupación entre los vecinos por la presencia de material suspendido en el aire y sus posibles consecuencias sobre la salud. Y mientras la población reclama respuestas, la atención sanitaria aparece como otro de los grandes problemas.
Es decir: contaminación, preocupación y un sistema de salud que no parece estar a la altura de las circunstancias.
¿Y la política?
Mira hacia otro lado.
En Puerto Piray, la situación adquiere características todavía más dramáticas. Ambulancias que van y vienen, remises que no dan abasto y vecinos que llegaron al extremo de acampar frente al municipio y el Concejo Deliberante para reclamar algo que debería ser elemental: agua apta para consumo humano.
La aparición de numerosos casos de infecciones intestinales vuelve todavía más grave el escenario.
El agua potable no debería ser un privilegio. No debería convertirse en una batalla vecinal. No debería obligar a una comunidad a instalarse frente a una municipalidad para ser escuchada.
Y mucho menos debería ser necesario reclamar durante días para que quienes gobiernan recuerden que detrás de cada número, cada expediente y cada funcionario existen personas.
Mientras tanto, en Montecarlo, la Escuela 773 continúa atrapada en una disputa donde la pelota rebota entre Nación y Provincia, mientras el municipio parece observar desde la tribuna. Tres meses de conflicto y una comunidad educativa que reclama respuestas.
Pero hay algo todavía más preocupante: mientras los adultos discuten competencias, presupuestos y responsabilidades, los chicos siguen esperando.
Y los chicos no pueden recuperar el tiempo perdido.
Cada día sin respuestas es un día menos de educación. Cada jornada de incertidumbre es una oportunidad que se pierde. Y mientras tanto, la política parece encerrada en una oficina intentando determinar de quién es la culpa.
Porque aparentemente siempre hay un responsable.
Lo que nunca aparece con la misma facilidad es una solución.
Después de 27 años de gestión, resulta inevitable preguntarse qué quedó de aquel proyecto de provincia que prometía desarrollo, crecimiento y transformación.
Porque si la política debía transformar la vida de los misioneros, algo está fallando estrepitosamente cuando tantas comunidades del interior sienten que deben organizarse por su cuenta para conseguir agua, reclamar salud, defender sus escuelas o simplemente exigir que alguien los escuche.
La zona norte parece haber quedado relegada a un segundo plano. Localidades que sobreviven entre reclamos, carencias y respuestas que nunca llegan.
Y ahí aparece la verdadera tragedia: la política dejó de ser una herramienta para construir futuro y comenzó a convertirse, para demasiados misioneros, en una herramienta para administrar la supervivencia.
Sobrevivir al agua que no se puede consumir.
Sobrevivir a un sistema sanitario insuficiente.
Sobrevivir a la falta de respuestas.
Sobrevivir a una escuela que no funciona.
Sobrevivir a funcionarios que explican mucho y resuelven poco.
Mientras tanto, quienes tienen la responsabilidad de gobernar parecen cada vez más cómodos en su propia comodidad.
Porque cuando el ciudadano tiene que acampar frente a una municipalidad para pedir agua, cuando una comunidad teme por su salud, cuando una escuela lleva meses esperando respuestas y cuando los chicos son quienes terminan pagando las consecuencias, ya no estamos hablando simplemente de problemas administrativos.
Estamos hablando de fracaso político.
La política debería estar donde está el problema.
Debería llegar antes que la ambulancia.
Antes que la protesta.
Antes que la enfermedad.
Antes que el abandono.
Porque gobernar no es inaugurar, sacarse una foto o pronunciar un discurso. Gobernar es hacerse cargo.
Y quizás el interrogante más incómodo sea también el más necesario:
¿HASTA CUÁNDO?
Hasta cuándo los pueblos del interior tendrán que reclamar lo que debería estar garantizado.
Hasta cuándo los vecinos tendrán que organizarse para conseguir respuestas.
Hasta cuándo los chicos serán rehenes de las disputas entre jurisdicciones.
Hasta cuándo la política seguirá mirando hacia otro lado mientras la realidad golpea cada vez más fuerte.
Y mientras algunos diputados parecen más preocupados por jugar al “Cupido barato”, haciendo de celestinos de conveniencias políticas y romances circunstanciales, las comunidades siguen esperando algo bastante menos romántico y mucho más urgente:
SOLUCIONES.
Porque el amor puede esperar.
El agua potable no.
La salud no.
La educación no.
Y la dignidad de los misioneros tampoco.
ALEJANDRO DUARTE

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