En Mendoza, Boca volvió a demostrar que actualmente tiene una especial habilidad para convertir cualquier partido en una montaña rusa de emociones… y en una calculadora de puntos.
Ante Gimnasia de Mendoza, la teoría decía que el gigante del fútbol argentino debía imponer nombre, historia, camiseta y jerarquía. En la práctica, el asunto fue bastante diferente: Boca arrancó ganando, el Lobo lo empató rápidamente y dejó en claro que jugar de local no iba a ser precisamente una invitación a pasear por el parque.
Boca volvió a ponerse en ventaja y, por un instante, pareció que la historia iba a recuperar el guion conocido. Pero no. Sobre el final, Gimnasia volvió a golpear y prácticamente le dijo: “Estás en Mendoza, Boca. Acá los puntos no se entregan con la camiseta”.
Resultado final: 2 a 2.

Otro empate para la colección.
Y ahí aparece el verdadero problema. Porque Boca ya no parece jugar los partidos para ganarlos, sino para cumplir con el trámite de disputarlos. Da la sensación de que el objetivo deportivo se transformó en algo mucho más modesto: evitar perder y, si se puede, llevarse un puntito para que la estadística no sea tan cruel.
El Boca de El Vasco Arruabarrena —porque hasta el nombre del entrenador parece pertenecer a otra época— está encontrando una nueva especialidad: empatar. Los partidos, los resultados y los números hablan por sí solos. Y cuando los números empiezan a hablar, generalmente es porque el fútbol ya se quedó sin argumentos.
Lo preocupante no es solamente el 2-2. Lo preocupante es que Boca no termina de mostrar para qué está. No parece estar preparado para pelearle a los grandes, pero tampoco consigue imponer condiciones ante los chicos. Contra uno empata, contra otro también y, mientras tanto, la tabla comienza a mirarlo con una expresión bastante poco amistosa.
A esta altura, hasta el nombre del torneo parece secundario. ¿Copa de la Liga? ¿Clausura? ¿Fase definitiva? Poco importa. La verdadera competencia de Boca parece ser otra: hacer cuentas para saber cuánto falta para quedar afuera.
Y mientras los hinchas esperan respuestas, el equipo sigue ofreciendo preguntas.
¿A qué juega Boca?
¿Qué pretende?
¿Cuál es el objetivo?
¿Ganar? ¿Clasificar? ¿Empatar dignamente?
Porque si la estrategia es sumar de a uno, habría que avisarle a la dirigencia que el fútbol tiene una pequeña dificultad: los campeonatos se ganan acumulando victorias, no haciendo colección de empates.
Boca tiene historia, tiene camiseta, tiene millones de hinchas y tiene una responsabilidad enorme. Lo que parece no tener, al menos por ahora, es un equipo capaz de transformar todo ese peso histórico en fútbol.
Y así, partido tras partido, el escudo sigue siendo enorme, la camiseta sigue pesando y la historia sigue intacta.
El problema es que, dentro de la cancha, Boca parece haber decidido jugar en modo ahorro de energía.
Empata, suma uno y sigue.
Quizás el próximo objetivo sea conseguir un empate tan bueno que valga tres puntos.
ALEJANDRO DUARTE
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