Parece que el guion de la vida se reescribió mientras estábamos scrolleando. Tradicionalmente, la escuela era ese bendito lugar de salvación, el refugio donde el sistema rescataba a los chicos de los “monstruos” que habitaban en sus casas. Pero hoy, en un giro argumental digno de una serie distópica, la tendencia es la inversa: el hogar, con todas sus grietas, terminó siendo la trinchera frente a una escuela que se percibe como una zona de guerra.
La lógica actual es fascinante: preferimos que el chico se quede en casa, aunque la casa sea un caos, porque afuera el sistema educativo parece una ruleta rusa de salud mental. Y mientras los sistemas fallan en un efecto dominó, nos entretenemos con el debate de moda: ¿La culpa es de los “pibes” o de los padres?
El arte de no ver lo obvio
La respuesta es tan obvia que asusta, pero requiere que levantemos la vista de la pantalla, y eso ya es pedir demasiado. Estamos tan comprometidos con el último chisme del vecino o la tendencia viral del momento que nos olvidamos de un pequeño detalle: la habitación de al lado.
El adolescente silencioso: Ese que hace diez minutos almorzó con nosotros en la misma mesa y que hoy tiene la mirada perdida que antes no tenía.
Las señales ignoradas: Un tono de voz extraño, un aislamiento absoluto, una “metamorfosis” que ocurre frente a nuestras narices.
El culpable perfecto: Mientras el pibe gesta una tragedia en su cuarto, nosotros estamos ocupadísimos fiscalizando la vida ajena a través del celular, ese “aparato maléfico” que nos sirve de excusa para no ejercer la paternidad.
Es mucho más cómodo culpar a la escuela por ser peligrosa que admitir que no tenemos ni la menor idea de quién es el extraño que vive bajo nuestro techo. Al final, la solución moderna es brillante: “Mejor que hoy no vaya a la escuela”. Así, podemos seguir todos juntos, en silencio, cada uno mirando su propia pantalla, esperando que el próximo desastre sea el de la serie y no el que se está cocinando al otro lado del pasillo.
ALEJANDRO DUARTE

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