17 de julio de 2026

DASS APAGÓ LAS LUCES: EL DÍA EN QUE LA CAPITAL DEL TRABAJO QUEDÓ A OSCURAS

 

Hay fechas que parecen cargar un simbolismo imposible de ignorar. El 17, número que la quiniela popular asocia con la desgracia, volvió a escribir una página amarga. Y fue justamente un viernes 17 cuando DASS, una de las empresas más importantes de Eldorado, decidió apagar definitivamente las máquinas de su planta del kilómetro 8.

No se apagó solamente una fábrica. Se apagó una esperanza.

Desde hace tiempo la empresa de origen brasileño venía advirtiendo sobre la caída de las ventas y las dificultades para comercializar sus productos. Lo que durante años fue un gigante capaz de generar cerca de 2.000 puestos de trabajo terminó reduciéndose hasta llegar a este desenlace que hoy deja a 150 familias sin su principal sustento.

Detrás de cada telegrama hay una historia. Hay padres y madres que deberán volver a empezar, hijos que verán cambiar de golpe la realidad de sus hogares y proyectos que quedarán suspendidos por una pregunta que hoy nadie puede responder: ¿qué viene después?

La autoproclamada Capital del Trabajo recibe un golpe que trasciende lo económico. Es un impacto social, emocional y humano. Porque cuando una empresa baja sus persianas no solo desaparecen puestos laborales; también se derrumban sueños, se multiplican las angustias y se instala la incertidumbre en cientos de hogares.

DASS es el reflejo de una crisis que ya no puede esconderse. Mientras las importaciones avanzan y la producción nacional pierde terreno, las consecuencias las pagan quienes todos los días se levantan temprano para ganarse el pan con el esfuerzo de sus manos. Son ellos quienes hoy quedan atrapados en un escenario donde conseguir un nuevo empleo parece una misión cada vez más difícil.

Y, una vez más, la dirigencia política parece mirar hacia otro lado. En medio de discursos y promesas, la realidad golpea con una crudeza imposible de maquillar. El cierre de una fábrica no debería medirse únicamente en números o balances empresariales. Debe medirse en lágrimas, en mesas donde faltará un plato de comida, en cuentas que no podrán pagarse y en familias que esta noche dormirán sin saber qué les espera mañana.

Hoy Eldorado está un poco más oscura. Porque cuando se apaga una fábrica, también se apaga una parte del futuro de toda una comunidad.

ALEJANDRO DUARTE