En la profundidad de San Pedro, la vida de Romina Páez no entiende de descansos ni de treguas. Desde 2018, cuando el destino le arrebató trágicamente a sus padres, la joven docente de Nivel Inicial tuvo que transformarse en el único escudo y sostén de una familia quebrada por la tragedia. Sobre sus hombros pesa una responsabilidad aplastante: de sus diez hermanos, siete padecen Ataxia de Friedreich, una cruenta y devoradora enfermedad hereditaria que consume implacablemente la movilidad, corroe la motricidad y desata tempestades como la epilepsia.
Hoy, bajo el techo de la casa familiar, doce almas resisten en medio de un calvario diario. La rutina no es más que una batalla incesante de cuidados extenuantes, asistencia permanente, medicación y desgastantes consultas médicas:
Esther (54 años): La enfermedad la condenó al inmovilismo total. Entre crisis epilépticas, el glaucoma terminó por apagar su mirada, dejándola en una penumbra absoluta.
José (50 años): Sobrevivió a un devastador ACV que le robó la marcha. Sufre de epilepsia severa, acorralado por convulsiones violentas que lo arrojan repetidamente a salas de internación.
Eliseo, Héctor y Analía: Enfrentan el avance implacable del mismo diagnóstico, librando su propia lucha en distintos estadios de deterioro.
La miseria y la urgencia ahogan la propiedad. La familia entera depende de una sola silla de ruedas, un socorro prestado por la solidaridad de un vecino. Deben turnarse el único medio de transporte interno para mover a los enfermos de una cama a otra. “Es la única que tenemos para manejarnos”, confiesa Romina con el alma al desnudo. La desgarradora falta de recursos salpicó la infancia de Misael, su sobrino de apenas 13 años, quien se vio obligado a pausar su escuela para convertirse en enfermero prematuro de su propia madre.
Por años, Romina masticó el dolor en el anonimato, protegiendo su realidad a puertas adentro. Pero el colapso financiero tocó a la puerta: tras recibirse de docente en 2024 y sobrevivir con suplencias, en enero de 2026 perdió su contrato en el IMAC, la principal fuente de ingresos que mantenía a flote a la familia.
“Si yo me derrumbo no sé qué va a ser de ellos, porque ellos solos no pueden”, clama con la voz quebrada. La familia Páez necesita desesperadamente una silla de ruedas propia, medicamentos, traslados a especialistas y terminar la habitación con baño adaptado para Esther. La vida de siete hermanos pende de un hilo y del agotado corazón de una maestra que se niega a rendirse.
ALEJANDRO DUARTE

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