15 de septiembre de 2026

“ME CHUPA LA PIJA LA OPINIÓN DE UN ZURDO”: CUANDO EL EXABRUPTO DE UNA DOCENTE CHOCA DE FRENTE CON EL EJEMPLO QUE DEBERÍA DAR

 

Hay frases que pueden quedar reducidas a una discusión política. Y hay otras que, por el lugar que ocupa quien las pronuncia, obligan a detenerse un poco más.

“Me chupa la pija la opinión de los zurdos”, expresó Patricia Buckmayer, concejal de La Libertad Avanza en Montecarlo y docente de una escuela primaria, durante una participación en el streaming Bimax. La frase, de un evidente contenido vulgar y descalificador, puede ser presentada como un simple exabrupto político. Pero cuando quien la pronuncia además tiene la responsabilidad de estar frente a niños y niñas en un aula, la discusión adquiere otra dimensión.

Porque ser docente no significa solamente transmitir contenidos. También significa enseñar, incluso cuando no se está dando una clase. Significa comprender que las palabras tienen consecuencias, que el respeto no depende de compartir una ideología y que quien educa ocupa un lugar que exige responsabilidad.

Se puede ser de derecha, de izquierda, libertario, peronista, radical o tener cualquier otra posición política. Se puede criticar duramente a un adversario y defender apasionadamente una idea. Lo que resulta difícil de compatibilizar con la función docente es convertir la descalificación del que piensa diferente en una forma habitual de expresión.

Y esto no aparece en un vacío.

Buckmayer ya había protagonizado una controversia cuando difundió la imagen de un Ford Falcon verde, vehículo cargado de una enorme significación histórica por su asociación con la represión ilegal durante la última dictadura militar, acompañada de una referencia a “acarrear zurditos llorando”. Aquella publicación generó cuestionamientos y posteriormente la dirigente pidió disculpas.

Ahora vuelve a quedar expuesta por una expresión que no solamente agrede a quienes piensan distinto, sino que utiliza una grosería como respuesta frente a una opinión política.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente qué piensa Patricia Buckmayer.

La pregunta es qué mensaje transmite una docente cuando decide expresarse de esa manera públicamente.

Porque en una sociedad profundamente atravesada por la intolerancia, la escuela debería ser precisamente el lugar donde se aprenda lo contrario: escuchar, argumentar, disentir, respetar y convivir con quien piensa diferente.

Un docente puede tener ideología. Por supuesto que sí. Tiene derecho a tenerla. Pero también tiene una responsabilidad adicional: enseñar que una diferencia política no convierte automáticamente al otro en un enemigo al que hay que insultar.

La libertad de expresión habilita a decir muchas cosas. Pero la libertad de expresión no elimina la responsabilidad que cada persona tiene por sus palabras, mucho menos cuando ocupa una función pública y, simultáneamente, ejerce una tarea educativa.

La política necesita discusión. La democracia necesita confrontación de ideas. Pero ninguna de las dos necesita vulgaridad para existir.

Y mucho menos necesita docentes que confundan firmeza con agresión, convicción con intolerancia o militancia con desprecio.

Porque al final del día, la cuestión no pasa por ser “zurdo” o “libertario”.

La cuestión pasa por algo mucho más básico: qué clase de ejemplo queremos que reciban nuestros chicos de quienes tienen la enorme responsabilidad de educarlos.

Y ahí, esta frase no es simplemente un exabrupto.

Es, como mínimo, una oportunidad para preguntarnos qué estamos normalizando.

ALEJANDRO DUARTE