30 de agosto de 2026

CÁMARA DE “¡REPRESENTANTES!” DE MISIONES: CUANDO LA POLÍTICA SE CONVIERTE EN UNA TELENOVELA

En los últimos días trascendió una situación tan inusual como insólita dentro de la Cámara de Representantes de la provincia de Misiones, uno de los ámbitos institucionales más importantes de la política misionera, donde se debaten leyes, se toman decisiones y, en teoría, se definen cuestiones que impactan directamente en la vida de miles de ciudadanos.
Un lugar que debería ser sinónimo de respeto, responsabilidad y debate democrático.
Pero, al parecer, también hay espacio para las plumas, los celos y los capítulos de una novela que nadie pidió ver.
Según trascendió, el diputado provincial Rudi Bunziak habría sido víctima de una agresión que atribuye a Nicolás Llera, quien, de acuerdo con las versiones que circulan, sostiene que su hoy “ex amigo” estaría manteniendo un romance con su expareja.
¿QUÉEEEE?
Sí. Parece el guion de una telenovela de la tarde, pero el escenario señalado sería nada menos que la Cámara de Representantes de Misiones.
Y la situación, lejos de quedar reducida a un supuesto conflicto sentimental entre adultos, adquiere todavía mayor gravedad porque el propio diputado habría señalado que Llera también habría protagonizado episodios de agresión contra empleados vinculados a otros legisladores.
De confirmarse estas circunstancias, ya no estaríamos simplemente frente a una discusión de celos, una amistad rota o un romance que terminó en conflicto. Estaríamos hablando de conductas que, por el lugar donde presuntamente ocurrieron, merecen explicaciones serias.
Porque una cosa es tener problemas personales. Todos los tenemos.
Otra muy distinta es trasladarlos al corazón de una institución pública.
La Cámara de Representantes no es una cocina donde se discute quién se quedó con el amor de quién. Tampoco es el escenario apropiado para resolver viejas amistades, rupturas sentimentales o disputas personales.
Es una institución pública.
Y allí, quienes ocupan una banca o circulan por sus pasillos deberían recordar que detrás de cada cargo hay ciudadanos que trabajan, pagan impuestos y esperan que sus representantes estén ocupándose de los problemas reales de la provincia.
Mientras tanto, en los barrios hay familias que no llegan a fin de mes, trabajadores preocupados por sus salarios, jubilados haciendo malabares para comprar medicamentos, jóvenes buscando oportunidades y comunidades enteras reclamando respuestas.
Y nosotros terminamos hablando de una supuesta pelea de celos dentro de la Legislatura.
¿En serio?
¿Este es el nivel de la política misionera que estamos dispuestos a aceptar?
La pregunta no es solamente qué ocurrió entre estas personas. La pregunta verdaderamente importante es qué imagen están dando nuestras instituciones.
Porque cuando un conflicto personal ingresa a un recinto deliberativo, la discusión deja de ser privada. Y si además aparecen denuncias o acusaciones de agresiones, corresponde que sean investigadas y esclarecidas por las vías institucionales correspondientes.
No alcanza con mirar para otro lado.
Tampoco alcanza con hacer silencio esperando que el escándalo desaparezca.
Los ciudadanos tienen derecho a saber qué ocurrió y, sobre todo, tienen derecho a exigir que quienes viven de la función pública estén a la altura de la responsabilidad que asumieron.
Porque los cargos públicos no son premios personales.
Son responsabilidades.
Y si alguien pretende convertir una institución de la democracia en el escenario de sus conflictos sentimentales, entonces alguien debería recordarle que las paredes de la Cámara de Representantes no están para contener capítulos de una telenovela, sino para representar a todo un pueblo.
Misiones merece algo mejor.
Merece representantes preocupados por los problemas de la gente y no por disputas que parecen sacadas de un libreto de ficción.
Por eso cabe hacerse una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿Debemos los misioneros permitir que estas situaciones se naturalicen?
¿Podemos aceptar que dos personas vinculadas al poder público terminen protagonizando semejantes escenas en un ámbito institucional?
¿Hasta dónde estamos dispuestos a tolerar que la política pierda seriedad?
Algún día, quizás, será necesario pedir explicaciones.
Y no por morbo.
Por respeto a las instituciones.
Por respeto a los ciudadanos.
Y, fundamentalmente, por respeto a la democracia.
ALEJANDRO DUARTE