Aprobar una materia en la universidad o terminar la escuela secundaria ya es una gesta en estos tiempos. Pero en Misiones, hay un examen previo, silencioso y desesperante: lograr que el Estado te pague la Beca Progresar.
Los números oficiales de la primera convocatoria de 2026 dibujan una realidad donde la burocracia parece jugar al descarte. De una marea de 39.006 estudiantes que lograron completar el farragoso trámite de inscripción, apenas 19.928 cruzaron la meta y hoy cobran el beneficio. Es decir, poco más de la mitad. El resto se divide entre el rechazo liso y llano y esa “zona gris” que tanto nos gusta en la administración pública: la evaluación eterna.
Según detalló la directora de Políticas Estudiantiles, Emilia Lunge, más de 9.300 jóvenes continúan mirando la pantalla del sistema a la espera de un veredicto que no llega. Un limbo digital donde la certidumbre económica para poder pagar los apuntes o el boleto de colectivo se posterga indefinidamente.
Por otro lado, la tijera socioeconómica y académica dejó afuera a 8.117 postulantes. De ese grupo de excluidos, casi 1.600 estudiantes decidieron no quedarse con los brazos cruzados y presentaron reclamos para torcer un “no” que consideran injusto.
Mientras las autoridades provincial y nacional ya ultiman los detalles para la segunda convocatoria del año, la foto de la primera etapa deja una reflexión incómoda: en el camino hacia la inclusión educativa, la mitad de los aspirantes queda en el tintero. Y para miles de jóvenes misioneros, la verdadera carrera no empieza en las aulas, sino en la ventanilla de evaluación.
ALEJANDRO DUARTE

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