LA INFLACIÓN AL 1,9%: ¿VICTORIA
El INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos) dio a conocer que la inflación de junio fue del 1,9%, un dato que el Gobierno nacional celebró como un gol sobre la hora en un partido de cuartos de final. Casi con el mismo entusiasmo con el que se festeja un tanto decisivo en un Mundial.
Sin embargo, más allá de la euforia de los números, aparece una realidad que para muchos argentinos resulta difícil de conciliar con la experiencia cotidiana. Conviene recordar que la inflación no está bajando: lo que disminuye es la velocidad con la que aumentan los precios. Y allí surge la pregunta inevitable: si la inflación se desacelera, ¿por qué el bolsillo sigue sintiendo que corre una carrera que nunca puede ganar?
La respuesta no parece encontrarse únicamente en las estadísticas. Basta recorrer un supermercado, una farmacia o enfrentar el pago de los servicios para advertir que cada compra exige un cálculo cada vez más complejo. El incremento del consumo de carne de pollo en reemplazo de la vacuna no parece responder a un cambio gastronómico espontáneo, sino a una adaptación forzada por los precios. Lo mismo ocurre con quienes dejan de pagar una prepaga, reducen la compra de medicamentos o resignan productos esenciales para llegar a fin de mes.
El oficialismo exhibe el 1,9% como una confirmación de que su estrategia macroeconómica avanza en la dirección correcta. Y es posible que, desde esa perspectiva, el dato tenga fundamentos para ser celebrado. Pero del otro lado del mostrador está Doña Rosa, que no analiza índices ni gráficos: abre la billetera, mira la góndola y vuelve a hacerse la misma pregunta de siempre.
¿Qué llevo… y qué dejo?
Porque, al final del día, la inflación puede desacelerarse en las planillas del INDEC. El desafío sigue siendo que esa desaceleración también encuentre domicilio en el changuito del supermercado.
Alejandro Duarte

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