El periodismo argentino y el mundo de la comunicación se visten hoy con sus ropajes más oscuros ante la trágica e inesperada muerte de Ernestina Pais. A los 54 años, una de las voces más osadas, carismáticas y resilientes de nuestra televisión y radio ha sido silenciada de manera abrupta en un cruce ferroviario en San Isidro. Quienes compartimos el oficio y quienes crecieron encendiendo la pantalla para contagiarse de su irreverencia, hoy compartimos un solo e insufrible sentimiento: el estupor.Ernestina no pasaba desapercibida. Desde aquellos años dorados en Mañanas Informales junto al recordado Jorge Guinzburg, hasta su paso firme por el emblemático formato de CQC, su figura encarnó un estilo periodístico veloz, mordaz y profundamente humano. Vivía con intensidad, una palabra que ella misma eligió hace apenas unos días para describir su propio camino. Su historia personal, atravesada por los dolores más profundos de nuestra historia nacional, moldeó a una mujer que nunca le tuvo miedo a la confrontación de ideas ni a la autenticidad cruda.Más allá de su innegable legado profesional, el verdadero dolor radica en el final de una incansable batalla. En el último tramo de su vida, Ernestina había elegido la valentía de hablar a corazón abierto sobre sus problemas de salud mental y su lucha contra las adicciones. Se transformó en una voz imprescindible para derribar estigmas sociales, asumiendo sus heridas en público y abriendo un canal de resiliencia eterna. El violento impacto de este viernes nos despoja de una colega entrañable. Nos queda el vacío de su risa, el eco de su audacia y la profunda tristeza de despedir a alguien que, con aciertos y desaciertos, siempre eligió vivir con la verdad por delante. Hasta siempre, Ernestina
ALEJANDRO DUARTE

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