Una final de la Champions League… y qué querían, ¿buen fútbol? No sean ingenuos. Fue bastante más deslucida que la del año pasado, pero claro, como siempre, “los mejores equipos de Europa” juegan a no perder. O mejor dicho, juegan a ver quién tiene más miedo.
Empecemos con el Arsenal. Fiel a su mística de ilusionar para terminar rompiendo corazones, encontró un gol tempranero. ¿Qué hace un equipo con grandeza europea? Busca el segundo. ¿Qué hizo el Arsenal? Bajó las persianas, se metió atrás antes del minuto veinte y le regaló el balón al París Saint-Germain. Una genialidad táctica, de esas que salen directo en los libros de “Cómo arruinar tu propia fiesta”.
El París, que de tonto no tiene un pelo (y de presupuesto le sobra), aceptó el regalo. Encontró el empate, inclinó la cancha, dominó a placer y transformó al arquero de los Gunners en la figura del partido. Pero como el fútbol actual premia el sufrimiento, el libreto dijo que los 90 minutos debían terminar 1-1.
El Alargue: Si nos movemos, nos meten gol
Llegó el tiempo suplementario y el miedo al éxito se apoderó de ambos. Salvo alguna que otra ráfaga de fútbol —probablemente por error—, los dos se cuidaron tanto que el partido se convirtió en un somnífero de alta calidad. El destino estaba sellado: derecho a los infartantes penales.

Nota para el espectador: Si usted tiene problemas cardíacos, ver una tanda de penales europea debería requerir receta médica.
La lotería de los doce pasos
Al final, la historia contará que Luis Enrique** lo hizo de nuevo. Un **4-3 en los penales** que dejó a media Europa pensando cómo demonios el Arsenal, que arrancó ganando, se las arregló para que el trofeo se le escurriera de las manos de forma tan asombrosa. Tocaron la copa, la miraron de cerca, le sintieron el perfume… y se la entregaron al rival. Clásico del Arsenal.
El destino, que es caprichoso y tiene un sentido del humor bastante cruel, quiso que el PSG se convierta en bicampeón de la máxima competición europea. Tal vez ganó el mejor, o tal vez ganó el que menos miedo tuvo a la hora de patear desde el punto blanco.
Así que ya saben, la Orejona se vuelve a París, el Arsenal vuelve a casa con las manos vacías pero la frente “alta”, y los cardiólogos de todo el mundo ya están frotándose las manos: con finales así, el trabajo nunca va a faltar.
¡Salud al BiCampeón!.

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