En un nuevo y dramático capítulo de la interminable saga “¡Suelten mi bosque!”, el conocido y abnegado empresario forestal Alfredo Ruff ha salido a denunciar, con el corazón en la mano (y la calculadora en la otra), una nueva e “indignante” usurpación de sus tierras en la localidad de Garuhapé.
Según el conmovido relato del damnificado, el pacífico e inocente acto de acumular hectáreas se vio abruptamente interrumpido por el peor enemigo imaginable de la propiedad privada: el Equipo Misiones de Pastoral Aborigen (EMIPA). Ruff, sin pelos en la lengua, acusó a la organización eclesiástica de actuar como una mente maestra del mal, impulsando una “toma masiva, organizada y deliberada” junto a —¡cómo no!— integrantes de una comunidad Mbya Guaraní. Porque claro, todos sabemos que no hay nada más peligroso y “masivo” en este mundo que cincuenta personas con ganas de recuperar lo que consideran suyo.
Los detalles del “asalto” al imperio verde
El empresario, visiblemente afectado por el atentado a su derecho de seguir talando en paz, aseguró que el temible ejército de ocupación estaba compuesto por unas 50 personas. Según sus declaraciones, esta multitud armada con la audacia de existir ingresó a su propiedad y cometió el peor pecado capital para el negocio: comenzaron a cortar el monte.
Nota de la redacción: Al parecer, que los nativos corten el monte para subsistir es una tragedia ecológica y legal; que lo haga una empresa forestal a escala industrial, es “progreso y desarrollo sostenible”. Por favor, no confundir.

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