El sábado 6 de marzo de 1976, en la página 6 del diario Clarín aparecía un título que, leído hoy, suena casi como un chiste involuntario de la historia: “Piden la extradición de José López Rega”.
Sí, recién entonces.
Quien había sido su protectora —la misma a la que él intentó, con un entusiasmo digno de mejor causa, traspasarle el carisma de Evita mediante sesiones de “transfusión espiritual” frente al cadáver embalsamado— era nada menos que María Estela Martínez de Perón. Isabel, Isabelita para amigos, enemigos y prácticamente cualquiera que la nombrara.
El personaje en cuestión, José López Rega, también conocido como “el Brujo”, había logrado una hazaña política notable: pasar de policía retirado con inclinaciones esotéricas a hombre fuerte del gobierno. Todo gracias a predicciones cósmicas, astrología de ocasión y una notable habilidad para convencer a la presidenta de que los mensajes del universo llegaban, curiosamente, siempre a través suyo.
Y así, entre horóscopos políticos y misticismo de gabinete, terminó manejando buena parte del poder del país.

Para 1976, sin embargo, el clima político ya no era precisamente astral sino explosivo. La Argentina parecía una bomba con la cuenta regresiva activada, y cualquiera mínimamente atento sabía que el gobierno de Isabel tenía fecha de vencimiento.
Pero lo más fascinante del artículo de Clarín es el motivo principal del pedido de extradición.
No era por su rol en la organización de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), la banda parapolicial responsable de asesinatos y persecuciones políticas.
Tampoco por su participación en la interna peronista que terminó a los tiros durante la Masacre de Ezeiza en 1973.
No.
Lo buscaban, sobre todo, por malversación de fondos.
La comisión investigadora de la Cámara de Diputados pedía su extradición —desde España— junto a la del exfuncionario Carlos Villone. Según el artículo, existían “antecedentes suficientes” para que ambos fueran sometidos a la Justicia.
En términos más claros: después de todo lo que había pasado, el problema parecía ser unos cheques mal usados.
La investigación giraba en torno a la llamada Cruzada de la Solidaridad Justicialista, una fundación creada en 1973 con fines benéficos. En teoría, estaba destinada a ayudar a ancianos y financiar obras sociales. Algo así como una versión institucional del legado de Eva Perón.
En la práctica, algunos de los fondos terminaron en destinos ligeramente distintos:
equipos de comunicación para la sede del Partido Justicialista,
pasajes de avión para giras políticas,
y hasta el blindaje del despacho presidencial en la Casa Rosada.
Caridad, pero con prioridades estratégicas.
En medio del artículo aparece apenas una mención tímida al asunto realmente oscuro: un careo judicial en el que un detenido afirmaba haber recibido instrucciones —por orden de López Rega— para organizar la Triple A.
Una frase breve. Casi un detalle.
Para ese momento, el “refugio” del exministro en España —palabra elegante elegida por el diario— era en realidad una fuga desesperada ocurrida ocho meses antes, el 19 de julio de 1975.

Pero López Rega tenía dignidad institucional.
O al menos quería aparentarla.
Según trascendió, pidió como último favor a Isabel ser nombrado “Ministro Plenipotenciario argentino en Europa”.
Porque, según explicó con solemnidad:
“Yo no me puedo ir como un delincuente”.
La solución fue simple: inventar un cargo diplomático de emergencia y convertir la huida en misión oficial.
Una mezcla de escapatoria y teatro burocrático.
Así partió hacia Europa el hombre que había pasado años decidiendo políticas públicas, fundando grupos parapoliciales y, en sus ratos libres, realizando sesiones espirituales con el cadáver de Evita.
De aquel personaje que manejaba el poder desde las sombras al hombre que llenaba una valija apurado y se aferraba a un título diplomático improvisado, hubo un largo recorrido.
Durante la dictadura cívico-militar que comenzaría apenas 19 días después de aquel artículo, y aun durante los primeros años de la democracia, López Rega perfeccionaría el truco que mejor le salió en la vida:
desaparecer.
Un talento curioso para alguien que había pasado años convencido de que podía hablar con los muertos.

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