El verano no deja de arrojar títulos a los noticieros locales,lamentablemente de una índole poco agradable.
El caso Jonás fue una luz amarilla que se encendió en el semáforo social.

Pero parece que nadie la vio.
El viernes ocurrió una situación que ya marca rojo en el tablero de vigilancia de las conductas: al menos cinco chicas, de entre 12 y 14 años,agredieron brutalmente a otra joven de la misma edad.

Un reflejo crudo de la vida en comunidad y de la manera en que estamos formando a nuestros adolescentes.
Adolescentes que son responsables de un hecho que nos interpela a todos,pero que al mismo tiempo son el espejo de hogares sin padres presentes,sin límites,sin la mano firme de un adulto que imponga sanciones frente al error.
En otras palabras:
son el producto final del desamparo.
Una niña inconsciente en el suelo.
Cinco festejan la hazaña.
Una sociedad que mira hacia otro lado.
¿Consecuencias? Probablemente no.
¿Daños? Los físicos se curan.
Pero la herida de ser señalada desde ahora
como “la violenta”no cicatriza jamás.
Somos los adultos los culpables.
Los niños no inventan el horror:
solo lo reflejan.

Alejandro Duarte

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