23 de febrero de 2026

WANDA, NOMBRE DE PRINCESA, TIERRA DE PLEBEYOS

La localidad de Wanda tiene en su territorio la mina de piedras preciosas más grande de la región, convertida en parada turística obligada para quienes transitan la Ruta Nacional 12 rumbo a Puerto Iguazú. Porque si algo sabemos en Misiones es que el camino a las cataratas siempre tiene escalas… y algunas brillan más que otras.

Sin embargo, y teniendo en cuenta que este emprendimiento es más que significativo para la economía local y regional, a quienes tienen la responsabilidad de conducir el municipio se les ocurrió aplicar una flamante “Tasa Ecoturista”.

Sí, leyó bien: tasa. No taza, aunque a algunos ya les esté dando dolor de cabeza.

¿En qué consiste la joya de la corona?

En una contribución obligatoria que debe abonar cada turista al llegar al acceso a la mina, equivalente a una unidad fiscal. ¿Y qué es una unidad fiscal? Un litro de combustible de mayor octanaje. Porque si algo caracteriza al descanso del visitante es que, antes de ver una amatista, tenga que pensar en el precio de la nafta premium.

Naturalmente, esto genera algunas preguntas incómodas. La Constitución Nacional establece que las aduanas y peajes corresponden al ámbito federal y que no pueden erigirse pequeñas fronteras internas como si cada municipio fuera un principado medieval. Pero en Wanda, tierra de princesa, parece que el espíritu feudal todavía cotiza en litros de súper.

Desde la jefatura comunal aseguran que la tasa —que se cobra para ingresar a un emprendimiento privado, detalle menor— está destinada a mejorar la ciudad: empedrados, plazas, caminos y demás obras públicas. Todo muy loable. El detalle es que la Carta Orgánica Municipal establece que toda tasa debe implicar una contraprestación directa y específica al contribuyente. Es decir, si pago una tasa ecoturista, debería recibir algo que guarde relación con el concepto. No un empedrado a diez cuadras ni una plaza reacondicionada para el próximo acto patrio.

Pero tal vez el concepto de “eco” ahora incluya cualquier cosa que suene bien en una conferencia de prensa.

La intendente, Romina F., aseguró con serenidad que “los turistas no tienen problema en pagar; el problema son los encargados de los colectivos”. Curiosa interpretación: cuando el visitante no llega, la culpa sería del chofer. Una versión moderna del viejo “maten al mensajero”, pero con aire acondicionado y semicama.

Lo cierto es que hace cuatro días no ingresan turistas al emprendimiento minero. Y mientras se debate la legalidad, la teoría tributaria y la creatividad fiscal, quienes viven del movimiento diario —comerciantes, artesanos, vendedores ambulantes, chiperos— cuentan monedas en lugar de visitantes. La economía real, esa que no se mide en unidades fiscales sino en changas, está pagando el costo.

La última pregunta queda flotando como polvo de cuarzo:

¿Se trata de una estrategia firme y consciente, con respaldo jurídico sólido, o de un exceso de entusiasmo recaudatorio que aún puede corregirse?

En Wanda, nombre de princesa, la historia dirá si fue un acto de gobierno… o un cuento de hadas con impuesto incluido.

Alejandro Duarte

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