12 de abril de 2026

LA VIDA EN UN PENAL

 

Esta semana, sin dudas, quedará en la memoria de todos como una de las más oscuras en mucho tiempo… aunque, claro, mañana seguramente encontremos otra para competirle.

Una madre, un niño, una adolescente, una red de suicidio. Un combo difícil de digerir, pero al que tristemente nos estamos acostumbrando con una facilidad alarmante. ¿Cómo podemos entender esto? Quizás la pregunta correcta sea: ¿en qué momento dejamos de intentar entender?

Lo único que podemos dejar en claro es que hay dos personitas que ya no juegan, que ya no ríen, que ya no salen a ver a un amigo ni van a la escuela. Dos pequeñas vidas que hoy, según nos gusta decir para sentirnos un poco mejor, “nos miran desde arriba”. Sin maldad, porque no tuvieron tiempo. Sin odio, porque bastante tenían con sobrevivir.

Hoy, en nuestra versión más cómoda de la tragedia, imaginamos que se sientan a merendar juntos. No se conocían, no sabían uno del otro, pero el mismo día tomaron el mismo tren… y no, no fue por gusto. Fue porque los empujamos, lenta y silenciosamente, entre todos.

Y entonces aparece la gran pregunta, esa que siempre llega tarde pero llega impecablemente formulada: ¿Qué hicimos para evitar esto?

Respuesta rápida: nada que haya alcanzado.

¿Aprendimos algo? Probablemente lo justo y necesario para olvidarlo en unos días.

Los chicos ya se fueron y no volverán. Ahora solo queda repetir el guion de siempre, casi como un acto reflejo: “¿Cómo no me di cuenta?”

y, por supuesto, el clásico infaltable:

“¿Y ahora qué hacemos?”

Tranquilos… ya va a pasar. Siempre pasa. Hasta la próxima semana oscura.

ALEJANDRO DUARTE