7 de marzo de 2026

LA ÚLTIMA OVACIÓN A DIEGO EN SU CASA

 

Un 7 de marzo de 2020, la mítica La Bombonera latía como pocas veces. Repleta, vibrante, con el corazón azul y oro desbordando en cada tribuna, esperaba a uno de sus hijos más queridos: la leyenda eterna, Diego Armando Maradona.

Nadie lo sabía entonces, pero el destino ya estaba escribiendo una despedida silenciosa.

Aquella tarde el fútbol todavía respiraba con normalidad, aunque en el horizonte comenzaba a asomarse la sombra de la pandemia de COVID-19. Pocos días después, el mundo se apagaría de golpe, los estadios quedarían mudos y la pelota descansaría sin público en las tribunas.

Pero ese día, en su casa, Diego recibió una ovación que parecía no tener final.

Un aplauso largo, profundo, de esos que no se dan solo a un jugador, sino a un pedazo de historia.

Fue una escena casi perfecta: la cancha llena, el pueblo futbolero de pie y Diego en el centro de todas las miradas. Como si el fútbol, sabio y caprichoso, hubiese querido regalarle un último abrazo colectivo antes del silencio.

Después sí, el mundo se detuvo.

Primero por la pandemia.

Y meses más tarde, el 25 de noviembre, volvió a detenerse de verdad, cuando la noticia de su partida cayó como un trueno sobre el corazón del fútbol.

Pero Diego no se fue del todo.

Porque vive en cada potrero donde una pelota rueda sobre la tierra.

En cada pibe que gambetea con los cordones sueltos y los sueños enormes.

En cada grito de gol que nace desde lo más profundo del alma.

Vive en aquella tarde del Argentina vs England 1986 World Cup Quarterfinal cuando, después de marcar el gol más hermoso que haya visto el fútbol, dijo con la voz de todo un pueblo:

“Hoy ganamos por los pibes de Malvinas.”

Y vive también en ese gol eterno que el mundo bautizó como el FIFA Goal of the Century, una obra de arte que el tiempo no ha podido discutir ni igualar.

Porque Diego fue más que un jugador.

Fue barrio, rebeldía, talento y pueblo.

Fue potrero y gloria.

Fue cancha… y calle.

Por eso, aunque pasen los años, aunque cambien las generaciones, su nombre seguirá rodando como una pelota imposible de detener.

Porque hay ídolos que se recuerdan.

Y hay otros, como Diego, que simplemente no se van nunca.

DIEGO ETERNO.

Alejandro Duarte

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