La Justicia: Ese animal que hiberna en primavera
Resulta que en el fascinante mundo del derecho, “ordenar una nueva resolución” es un eufemismo técnico para “sentarse a esperar que el tiempo lo cure todo”.
Un joven denuncia seis años de pesadilla —esa convivencia idílica entre los 11 y los 17 años con un padrastro docente que confundió la confianza familiar con un buffet libre— y la respuesta del sistema es un bostezo burocrático. Tras ser detenido en abril de 2024 gracias a que las redes sociales fueron más eficientes que la prevención estatal, el imputado recuperó la libertad bajo una “caución” que, aparentemente, pesa más que las pruebas de abuso.
El bucle infinito de las apelaciones
Lo más tierno del caso es la actuación de la Cámara de Apelaciones. Hace más de un año que anularon la excarcelación porque —sorpresa— se olvidaron de evaluar cosas menores como el riesgo procesal. Sin embargo:
El imputado: Sigue disfrutando del aire libre y la libertad, quizás redactando su próxima lección de “ética” docente.
La Justicia: Sigue analizando los “elementos incorporados” con la velocidad de un caracol con reuma.
La víctima: Descubre que, en el código penal, “inmediato” es un concepto metafísico que no aplica a la protección de los ciudadanos.
Al final, parece que el único que cumplió una condena efectiva fue el joven durante esos seis años; para el resto, el trámite sigue en la bandeja de “asuntos para el próximo milenio”. Al paso que vamos, la nueva resolución llegará cuando el expediente sea considerado una reliquia arqueológica.
ALEJANDRO DUARTE

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