
Aunque suene al título de aquel disco que hace casi 30 años publicó Divididos, la verdad es que hoy también describe bastante bien lo que está pasando en nuestra querida ciudad. Porque si algo tiene Eldorado es una capacidad admirable para convertir los problemas en clásicos… de esos que siempre vuelven en versión remasterizada.
Otra vez el déjà vu. Otra vez la historia cíclica. Y otra vez, cómo no, las víctimas de siempre: los socios de la Cooperativa de Electricidad de Eldorado Limitada.
Cuarenta y ocho horas sin servicio de agua potable. Dos días completos en los que los tanques de reserva se vacían, las canillas se transforman en piezas decorativas y la higiene pasa a ser un recuerdo de tiempos mejores. Pero no pasa nada… total el cuerpo humano puede vivir sin agua, ¿no? O al menos eso parecería pensar la brillante administración de turno.
Mientras tanto, la insalubridad se instala en los hogares como un huésped inesperado. Un invitado que nadie llamó, pero que llega puntualmente cada vez que la inversión desaparece y la desidia se vuelve política de gestión.
Porque claro, el agua es un detalle menor. Mucho más importante parece ser disfrutar de las dulces mieles mensuales del poder concentrado en un pequeño grupo. Un grupo donde nombres como Rubén Kobler aparecen siempre en primera fila, rodeados de fieles custodios de la ineficiencia.

Y así seguimos: los socios pagando, las facturas llegando, y las soluciones… bueno, esas aparentemente siguen en obra desde hace varias gestiones.
Mientras tanto, algunos se ríen. Se ríen con esa tranquilidad que da saber que pase lo que pase, la cuenta siempre la paga otro. Porque cuando la impunidad es rutina, la incompetencia deja de ser un problema y pasa a ser simplemente el estilo de gestión.
Y así, entre tanques vacíos, promesas llenas de aire y ciudadanos cada vez más pacientes —o resignados—, Eldorado atraviesa, sin dudas, su período histórico más representativo:
La verdadera y gloriosa “Era de la Boludez”.
Alejandro Duarte

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