Eldorado parece ser un purgatorio,
porque somos almas en pena.
Almas que vagan por la ciudad para llegar a sus trabajos.
Almas que vagan para alcanzar la escuela.
Almas que vagan buscando un hospital.
Almas que vagan, simplemente, para poder andar.

Una deidad superior,
amparada en una superioridad absoluta y omnipresente
—sostenida por sus amigotes buchones—
mantiene a la ciudad en un estado de trance,
uno que solo Ellos pueden crear y deshacer,
aunque más deshacer que otra cosa.
Este “Todopoderoso” del transporte
tiene con qué y con quién sentirse protegido, blindado, respaldado.
Y entonces surge la gran pregunta, inevitable como el cansancio:
¿Se puede llegar alguna vez al Paraíso
si estos dioses siguen gobernando
al estilo del Viejo Testamento?
Alejandro Duarte

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