Durante el plenario de comisiones en la Cámara de Diputados, el diputado nacional Diego Hartfield (LLA) iluminó a la concurrencia con su postura sobre la compleja crisis del sector yerbatero. ¿Su brillante solución? Defender la desregulación total y señalar al “malvado” modelo de precios mínimos como el único y absoluto culpable de que a los productores no les alcancen los números.
Puntos clave de su clase magistral de economía:
Análisis “de fondo”: Atribuyó el escenario crítico a dos décadas de intervenciones estatales que, aparentemente, obligaron a la gente a plantar yerba de más. Según su lógica, la culpa de la sobreoferta estructural y la informalidad es de las regulaciones, y no de las ganas de comer que tiene la cadena productiva.
Cadena de valor (o cómo ignorar al elefante en la habitación): Cuestionó casi con ternura el concepto de “oligopsonio” (porque claro, cuatro o cinco grandes industrias comprándole a miles de pequeños productores es el ecosistema más equilibrado del mundo) y enfatizó que el verdadero culpable de todo es el consumidor, que insiste en no demandar suficiente mate.
Estrategia comercial de manual: Instó a los productores a “salir a competir fuertemente” en el mercado global. Porque, como todos sabemos, es facilísimo exportar millones de kilos de una infusión hiperespecífica que solo tomamos nosotros, tres vecinos y un puñado de sirios, en lugar de andar perdiendo el tiempo regulando la plantación local.
El dato de color: Más allá de un pequeño “desliz” de vocabulario durante la sesión, donde confundió las tareas de preparación de suelo inventando el concepto de “el rozado” (se ve que la azada y el barro se ven más lindos desde un despacho en el Congreso), el debate parlamentario dejó algo en claro.
El futuro de una de las economías regionales más importantes de Argentina quedó atrapado en una grieta cósmica entre quienes creen en los números de la realidad y quienes creen que el mercado tiene una mano invisible que, mágicamente, también sabe cebar mates.
ALEJANDRO DUARTE

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