“¿Quién me va a querer?”: quedó cuadripléjico, se separó de su novia y revela cómo hizo para rearmar su vida
A los 24 años, Víctor Guerrini sufrió un accidente en bicicleta. Pasó de planear un futuro en Italia a depender de un cuaderno para comunicarse. Hoy es psicólogo y reconstruye su historia bajo una premisa cruda: aceptar que la vida que tenía ya no existe.
El 3 de diciembre de 2017, el mundo de Víctor Guerrini se detuvo en una bicisenda de la Ciudad de Buenos Aires. El ruido no fue un estallido, sino el seco crujir de sus vértebras cervicales.

Víctor, un joven de Pergamino que se había mudado a la gran ciudad para estudiar Diseño de Imagen y Sonido, volvía de trabajar una noche en su bici. Iba con casco, con luces y con cuidado, pero la caída ocurrió. En el asfalto, mientras los autos pasaban sin detenerse, Víctor sintió que no podía mover ninguna parte de su cuerpo.
Víctor, un joven de Pergamino que se había mudado a la gran ciudad para estudiar Diseño de Imagen y Sonido, volvía de trabajar una noche en su bici. Iba con casco, con luces y con cuidado, pero la caída ocurrió. En el asfalto, mientras los autos pasaban sin detenerse, Víctor sintió que no podía mover ninguna parte de su cuerpo.
Una joven llamada Carla, médica y embarazada en aquel entonces, pasaba con su auto y se tiró al suelo para estar al lado de Víctor. Él, con la lucidez desesperada del que sabe que algo se rompió para siempre, la miró y le soltó una frase que a ella le quedó grabada a fuego: “Me cagué la vida, ¿no?”.
La llegada de su familia desde Pergamino fue el inicio de un laberinto hospitalario. En el primer centro médico, el diagnóstico fue una sentencia de muerte encubierta. “Gracias a un amigo que entró a la guardia y me dijo ‘te tenés que ir de acá’, confié más en él que en todo el resto”, recordó Víctor. Terminó en el Hospital Italiano, frente a Santiago, un cirujano que se convirtió en su última carta.
Nadie quería operarlo. El riesgo de que se quedara en la mesa era demasiado alto. Pero Víctor, desde su fragilidad, fue quien le dio valor al médico. “Hacé lo que tengas que hacer, tranquilo”, le dijo antes de que la anestesia borrara las luces del quirófano. En la operación sufrió dos paros respiratorios: Víctor se fue y volvió, pero el precio de ese regreso fue una cuadriplejia permanente.
El amor, la desnudez y las nuevas pieles
Durante cuatro años después del accidente, su novia se quedó a su lado. Fue su sostén, su refugio. Pero en 2021, la realidad se impuso. “La relación no pudo contra la discapacidad. Ella se había enamorado de alguien que seguía estando en una parte, pero en otra no”, explica sin rencor
Ese adiós abrió la puerta a los miedos más profundos: la soledad y la mirada del otro. “¿Quién me va a querer cuando vea que mis piernas están flacas porque no camino? ¿O cuando sepa que necesito un enfermero para ir al baño
Víctor describe ese proceso como una “nueva adolescencia”. Tuvo que aprender a gustarse a sí mismo en un cuerpo que ya no reconocía para poder dejar que alguien más lo quisiera.
“Por suerte me pasó con otra chica, con la que volví a sentirme querido, y fue como una confirmación de una sospecha: que sí se podía”, confesó.
Durante mucho tiempo, Víctor creyó que su único trabajo era volver a mover un músculo, una mano, un dedo. Pero en 2019, algo cambió. “Me di cuenta de que la rehabilitación no podía ser todo en mi vida, porque aunque me rehabilitara, no iba a volver a ser fotógrafo o editor”, reflexionó
En plena pandemia, mientras el mundo se detenía, él aceleró: se volcó de lleno a la carrera de Psicología. Aquel encierro, que para muchos fue una cárcel, para él fue una oportunidad de accesibilidad digital. Hoy, ese esfuerzo tiene nombre y apellido en su agenda: atiende a 18 pacientes y, en paral
elo, da clases de italiano

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